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Ensayo

Henry James: La luz del cuadro

La desdibujada sombra del novelista norteamericano en la narrativa moderna se debe a una extraña mezcla de puro raciocinio e inasible conexión con las profundidades inconscientes del espíritu humano

Andreu Jaume, editor de ´La locura del arte´, de Henry James.

Andreu Jaume, editor de ´La locura del arte´, de Henry James. GUILLEM BOSCH

En los últimos años James dictó en Rye, su casa de East Sussex, unos prólogos para la nueva edición de sus obras. Entonces se sentía un genio incomprendido y solitario, al modo de Paul Cézanne, haciéndose en su ánimo cada vez más cierta aquella profunda convicción que ya había descrito en el cuento fantástico The Middle Years: "Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, damos lo que tenemos. La duda es nuestra pasión y nuestra pasión nuestra tarea. El resto es la locura del arte". Y es precisamente esa locura, que rastreamos con lupa y a la vez alejándonos hacia el fondo de la sala de un museo en los cézannes, la que despierta un entusiasmo difícil de explicar. Algo parecido ocurre con las creaciones jamesianas. Intuimos que estamos ante las puertas giratorias de la literatura y aguardamos el momento en que nos decidamos a dar el paso y franquear ese viento vertiginoso que nos llevará no sabemos dónde, ya que, en efecto, "vivimos en la oscuridad", y el arte es una espasmódica iluminación que exige tener en todo momento los ojos bien abiertos.

Se diría que hablar de Cézanne a propósito de James parece fuera de contexto. Pero no es así. Henry James recurre una vez y otra en estos reveladores prólogos de sus novelas y relatos a símiles pictóricos: habla de "motivos", composición, veladuras, perspectivas, perfiles, matices. Habla del personaje central y de los secundarios como si les tomase las medidas para encajarlos en un "cuadro". Y sobre todo divaga acerca de los intersticios de las distintas capas de "pintura" que la construcción "del" personaje sobre el que giran todas sus creaciones necesitó para darle verdadera vida, para ser cabalmente representado en su verdadera esencia. A veces incluso parece, a juzgar por el modo como se despacha acerca de ese personaje que "es" la novela que James ha escrito (llámese Roderick Hudson, Milly Theale, Isabel Archer o Maggie Verver), que más que un ser de carne y hueso literario es un singular accidente geográfico, una suerte de monte, como el Saint-Victoire de Cézanne. Pero lo que nos llama la atención es su insistencia en la consideración del relato ficcional como un arte que requiere una concentración y una atención desmesuradas, hasta el punto de que, como en su caso, uno solo pueda de veras obtener resultados satisfactorios con un absoluto "control" de eso que sucede en el espacio intermedio entre la forma y el contenido, entre el estilo y el "tema" o argumento de la obra.

Esta cuidada y bien anotada edición de Andreu Jaume muestra la altura de James: su increíble penetración en los problemas literarios y su insistencia en la necesidad de una crítica seria, responsable, que sea capaz de deslindar con argumentos sólidos el mérito o desmérito de una novela o un relato. Y recuerda que "la literatura vive, en esencia, en las profundidades sagradas de su ser, del ejercicio y de la perfección cultivada; que, al igual que otros organismos sensibles, es altamente susceptible de desmoralización". Aboga por una crítica profesional que proceda de "fuentes sagaces, de la eficiente combinación entre experiencia y perspicacia". Esa crítica le fue en gran parte negada, de ahí su desmoralización final y el motivo que James escribiera esos ocho prólogos a sus obras, desde Roderick Hudson hasta La copa dorada. En ellos destila esa "locura del arte" que animó su vida y brilla en sus novelas y relatos. Aquí vemos a James autocriticarse con buen humor y sana ironía, darse palmadas en el hombro, analizando con un extraño desapego y objetividad el trabajo realizado durante años. Es cierto que su estilo digresivo a veces nos hace perder el hilo y nos obliga a esa "atención" que el maestro exigía siempre a sus lectores. También lo es que nos gustaría saber más de las fuentes experimentales de sus personajes, algo que él toca muy de pasada, con exquisita discreción. Sin embargo, lo que James nos ofrece en cada prólogo es de gran calado crítico. Nos revela lo complejo que es el trabajo entre bambalinas para lograr esa "intensidad, lucidez, brevedad, belleza", que él quería lograr. Para ello se presta, entre otras cosas, a "dar todo el sentido sin mostrar toda la sustancia y toda la superficie, y resumir y sintetizar de tal manera que los valores se enriquezcan y agudicen". En Retrato de una dama, James aspiraba a "conseguir el máximo de intensidad con el mínimo de tensión". Al comentar la génesis de Otra vuelta de tuerca señala que el efecto final surgió de "un vivísimo interés por la sugerencia y el proceso de oscurecimiento". Al hablar de La lección del maestro, se convierte en "inteligente pintor de la vida" para hacer de "lo plano, prominente; lo enmarañado, claro, lo común graciosamente extraño". Y formula un principio que trata de seguir en su escritura: "La elaboración económica de casi cualquier cosa es la vida misma del arte de la representación". Y su objetivo es la "evocación nítida" que construye la "historia": "el agrupamiento de las situaciones humanas que esperamos que se muestren".

En el fondo, lo que vamos entendiendo al leer estos prólogos es que Henry James aspiraba a arrojar una luz distinta, original y a la vez cautivante a sus cuadros humanos. Si lo logró o no depende de la capacidad del lector para ver y sentir esa luz que él buscó con tanto ahínco. En un pasaje en el que rememora horas felices confiesa: "Es en ese momento cuando, con las púas de la conciencia más largas y firmes, atrapo y sostengo el asunto palpitante; ahí es, sobre todo, donde encuentro la invariable luz del cuadro".

HENRY JAMES

La locura del arte

Edición de Andreu Jaume

Traducción de Olivia de Miguel

LUMEN, 410 PÁGINAS. 23,90 €/E-B., 8,99 €

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