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Diario de Mallorca

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ENTENDER + CON LA HISTORIA

Abriendo la puerta de la historia

Ha tenido que venir el Gobierno a pedir que se cierre la puerta para que no se escape el frío del aire acondicionado ni el calor de la calefacción. Una obviedad que nos va de maravilla para dar un repaso a algunas puertas históricas

La Puerta de Istar, en el Museo de Pérgamo de Berlín. Rictor Norton

Una de las medidas para fomentar el ahorro energético promovidas por el Gobierno es que los establecimientos comerciales climatizados tengan puertas. Si uno lo mira con la mentalidad de las generaciones más veteranas es de un sentido común casi insultante, pero claro, lo que importaba hasta ahora es que la gente entrara y gastase. Cuantos menos impedimentos de por medio mejor, o sea que ¡fuera puertas! Y ya llegará la factura de la electricidad. Aparentemente la puerta, como elemento arquitectónico, no parece demasiado importante, solo el lugar por el que pasamos al entrar o salir de un espacio. Ahora bien, a lo largo de la historia, ha habido puertas cargadas de simbolismo porque cuentan muchas cosas. Sirven para cerrar, proteger, separar... y excluir. Si los ojos son el espejo del alma, las puertas lo son de los edificios.

Hace poco en Barcelona se ha vivido un caso interesante con el Gran Teatre del Liceu como protagonista, que ha encargado al escultor Jaume Plensa diseñar unas artísticas puertas para cerrar su porche. Con esta decisión ha roto las reglas del juego de un concepto urbanístico muy utilizado durante el siglo XIX (el Liceu se construyó en 1847) porque la arcada era un espacio de transición entre la calle y el edificio, lugar donde resguardarse en caso de lluvia y frío, por ejemplo. Por eso ahora era sitio de cobijo para los pobres, pero claro, ver indigentes en la entrada principal es una imagen incómoda para un teatro de ópera que, para maquillar la privatización definitiva de ese espacio entre dos aguas, ha buscado una justificación artística y un creador con buena reputación. Una puerta puede ser una frontera.

De hecho, ya hacían esta función durante la Edad Media, cuando las ciudades (Barcelona, por ejemplo) cada noche cerraban las puertas de las murallas para impedir el acceso al interior. En realidad, aquello no fue más que la evolución de un fenómeno muy antiguo y que nos ha dejado magníficos vestigios. Y puesto que estamos operísticos, los lectores más melómanos seguro que conocerán Nabucco, de Verdi, una obra protagonizada por Nabucodonosor II de Babilonia. Durante su reinado, en el 575 a. C., mandó construir en aquella ciudad de Mesopotamia unas grandes murallas con ocho puertas. La más famosa se conserva en el Museo de Pérgamo de Berlín y se conoce como la Puerta de Istar. Hecha con azulejos vidriados que imitan el azul del lapislázuli y decorada con dragones y leones, tenía que impresionar al visitante. Una buena forma de hacerle saber que se encontraba delante de una ciudad muy poderosa.

Y sin perder el compás de esta historia con banda sonora clásica, podemos evocar los Conciertos de Brandeburgo compuestos por J. S. Bach en 1721 en honor a un aristócrata de esa zona germánica. Allí, algo más tarde, a finales de ese mismo s. XVIII, se erigió una puerta para acceder a Berlín que ahora es icónica. Es de estilo neoclásico y entre las esculturas que la decoran se pueden identificar Hércules, Marte y Minerva. Hasta 1918 el paso por la parte central era un privilegio reservado a la familia real y a sus invitados. Luego, durante el s. XX, fue escenario de distintos episodios históricos.

La reunificación

Cuando en 1933 Hitler fue nombrado canciller, las SA y SS desfilaron por allí. Durante la Segunda Guerra Mundial quedó dañada y en 1957 los dos Berlines colaboraron para restaurarla pero después, con la construcción del Muro, quedó dentro de la parte soviética y se convirtió en icono de la división entre bloques de la Guerra Fría. Incluso apareció en varios discursos relevantes, como el pronunciado por el presidente de EEUU, John Fitzgerald Kennedy, durante su visita a Berlín en 1963: «No hay solución mientras esta puerta esté cerrada», dijo. Una frase reelaborada en 1987 por otro presidente, Ronald Reagan, para pedir al líder de la URSS: «Señor Gorbachov, si busca la paz y la prosperidad de la Unión Soviética y Europa del Este, venga aquí y abra la puerta, derribe el muro». No es de extrañar que con la reunificación de 1989, la Puerta de Brandeburgo se convirtiera en un símbolo de unidad. Pero una cosa son los monumentos y otra las tiendas, por mucho que Rusia vuelva a marcar el ritmo la política internacional.

en el Museo de Pérgamo de Berlín.

Carlos III: La Puerta de Alcalá, icono de Madrid

Coetánea con la de Brandeburgo es la madrileña Puerta de Alcalá, diseñada por el arquitecto italiano Francesco Sabatini por encargo del rey Carlos III. Al igual que la berlinesa, también es de estilo neoclásico y servía para dar acceso a los viajeros procedentes de las rutas que venían de Francia y de la Corona de Aragón. Gracias a su monumentalidad enseguida se convirtió en símbolo de Madrid.

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