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Diario de Mallorca

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La mirada de Lúculo

Dieta de tocino y huevos revueltos

Dieta de tocino y huevos revueltos Pablo García

Cigarrillos, ginebra, whisky, café y huevos revueltos con tocino frito. Nadie puede decir de Patricia Highsmith que se encuentra ante una escritora preocupada por la gastronomía. Una dieta así no invita a pensar ni por lo más remoto en ello. Sin embargo su escritura nos conduce por otros caminos, en muchas ocasiones por esos barrios suburbiales de clase media alta de Estados Unidos donde una ama de casa adorna una tarta o calienta el horno para introducir en él un pollo, un pavo o unas gruesas chuletas de cerdo. O cuando la acción de una de sus novelas inolvidables se traslada a la Rivera como en el caso de «El talento de Mr. Ripley». Ambientada principalmente en Italia, Positano, y también en Francia, sus secuencias evocan maravillosamente el sol y el mar del Mediterráneo, el sabor de la sal del océano, el sonido de los barcos y el chillido de las gaviotas, los puertos colmados de atraques, y el recuerdo de una comida tras la hora del pastis, el típico anís marsellés producto de la maceración de hierbas y flores.

En todo momento se puede sentir el calor y percibir la fragancia de las buganvillas. La historia puede que la conozcan si es que son seguidores de la estupenda escritora texana. Tom Ripley es un joven neoyorquino que lucha por hacer algo por sí mismo. Conoce a un tal Greenleaf, quien lo confunde con un amigo cercano de la universidad de su hijo, Dickie, que se escapó a la costa amalfitana y vive allí en una casa con su novia Marga. Greenleaf le ofrece dinero a Tom para viajar a Italia y persuadir a su hijo de que regrese y rehaga su vida. Pero conoce a Dickie y queda atrapado en su vida. Se convierten en grandes amigos, mientras la novia, Marga, y un detestable compañero de bebida Freddie Miles, amenazan el estrecho vínculo. Si no la han leído, sepan que el verano es la estación idónea para reparar ciertos olvidos.

Cuando Tom es invitado por primera vez a la casa de Dickie, Marga prepara el almuerzo del domingo: un pollo asado y alcachofas. «La subida hasta la casa de Dickie no le pareció tan larga como en la ocasión anterior. A la terraza llegaba el delicioso aroma del pollo en el asador. El anfitrión preparó unos martinis. Tom se duchó y luego lo hizo Dickie, que, al salir, se sirvió una copa, igual que la primera vez, pero el ambiente había cambiado radicalmente».

Highsmith no ofrece pistas aunque resulta fácil imaginarse el pollo de Marga. Esta es su simulación. Pollo entero sazonado, de una pieza, en una cocotte. Se cortan los limones en rodajas finas y se colocan sobre la piel del ave. Otras se introducen entre la piel y la carne para ayudar a ablandarla y dar sabor. Alrededor del pollo, se echan los corazones de alcachofas, media cabeza de ajo cortada a la mitad sin pelar. Se vierte por encima un buen chorro de aceite de oliva y se acompaña el pollo con unas ramas de tomillo limonero, unas flores de lavanda seca, y unas cuantas patatas nuevas pequeñas con su piel. A continuación, se agrega medio vaso de vino tinto, y se exprime por encima el jugo de medio limón. El resto consiste en sellar la cocotte y asar durante 2 horas a 180 grados. Más tarde, retirar y rociar con los juegos, subir la temperatura a 230 grados, mojar el asado con caldo de pollo si vemos que resulta seco y volver a introducirlo destapado en el horno otros 25 minutos para que la piel adquiera un tono dorado, vigilando para que nada se queme. Finalmente, volvemos a retirarlo, cubrimos con sal de escamas y dejamos reposar un cuarto de hora hasta el momento de servirlo.

Ese aroma especiado, floral y cálido al mismo tiempo, del pollo en cocotte de Marga no tiene nada que ver con el olor de la fritura de tocino en la sartén de la exclusiva dieta de la escritora de Fort Worth, pero Highsmith se había acostumbrado a habitar en la vida de los otros. Entre los personajes de sus novelas, su disfraz favorito era precisamente el de Tom Ripley, a quien llegó a considerar su doble; una vez firmó, «Pat H., alias Ripley». Aún así las vidas ficticias solo le ofrecieron una solución temporal a sus problemas existenciales. «No hay depresión para un escritor», escribió, «sino un retorno al propio ser». Mientras tanto bebía martinis como si fueran agua y se acostumbró a mezclar licores para amplificar los efectos. Hay quienes dicen que la jamás la vieron sobria.

Los caracoles no eran para ella una pasión gastronómica, pero sí amorosa. Nada que objetar, Nabokov estaba enamorado de las mariposas. En 1946, mientras pasaba por un mercado de pescado de Nueva York, vio dos caracoles entrelazados en un abrazo. Intrigada, los llevó a casa, los colocó en una pecera y observó su cópula serpenteante, hechizada. En Highsmith era típico entusiasmarse por lo que otros encontraban repulsivo o nauseabundo. «Me dan una especie de tranquilidad», dijo sobre los gasterópodos. «Es imposible saber cuál es el macho y cuál la hembra, porque su comportamiento y apariencia son exactamente iguales», escribió. Según se cuenta, mantuvo trescientos ejemplares en su jardín trasero en Suffolk, Inglaterra, y una vez llevó alrededor de un centenar de ellos a un cóctel, escondidos junto una lechuga gigantesca en su bolso, que le encantaba mostrar a los invitados sorprendidos. Al mudarse de Inglaterra a Francia, la ley le prohibió a Highsmith traer sus caracoles al país, por lo que los metió de contrabando debajo de sus senos, acomodando hasta diez en cada uno. Se deslizaron por primera vez en su ficción en 1947, en un cuento llamado «El observador de caracoles». En él, un entusiasta de la especie llamado Peter Knoppert descubre que su estudio está plagado de esas criaturas debido a su copiosa reproducción, finalmente es asfixiado y devorado. No hace falta decirlo, pero a Highsmith jamás se le ocurrió incluirlos en su dieta de bacon y huevos revueltos.

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