Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Oblicuidad

El éxito de ‘Los farsantes’, cine dentro del teatro

El boca a oreja que ahora llaman zumbido, en honor del inglés buzz, ha elevado a Los farsantes de Pablo Remón a montaje teatral del año. La última vez que consulté no había entradas en el Valle Inclán, un agotamiento que coloca a la inmensa mayoría de madrileños en la misma indefensión que al público de provincias. A falta de verla, podemos leerla, en la muy correcta edición que se prolonga más allá de las doscientas páginas, lo cual da idea de la larga duración del montaje. No son «las seis horas de espectáculo» con las que bromea el autor en los rótulos iniciales, pero supera ampliamente las dos horas.

Los farsantes es un texto inesperado, casi una suma de improvisaciones. En la libre asociación de influencias sobre una obra que se acusa a sí misma de plagio, recuerda a la versión original que no española de Lehman Trilogy, con la fascinación de los perdedores por el éxito en el cine que alumbra la extraordinaria Érase una vez en... Hollywood. El autor procede a la demolición de la cuarta pared desde el inicio del espectáculo, una complicidad que unida a los conflictos de identidad de los personajes conduce a Pirandello. Más cerca, la pulsión por el collage apunta a Tony Kushner, y el desdoblamiento del escenario en dos plantas fue ensayado con notable éxito por Alan Ayckbourn.

Por un Goya, mato, sería la línea argumental de Los farsantes si la necesitara. En el encadenamiento de viñetas, hay fragmentos que en sí mismos garantizarían el éxito del conjunto. Por ejemplo, la ceremonia de los premios del cine español, el monólogo sobre el plagio del texto representado o las disquisiciones kazajas sobre el perro llamado Byung-Chul Han. No casualmente, sino en honor al filósofo de origen coreano y textos digeribles por su concisión.

Desde provincias hay que ignorar deliberadamente la presencia sobre las tablas de Javier Cámara o de Bárbara Lennie, una actriz cuya contemplación justificaría las seis horas de montaje prometidas. Pese a la exuberancia de Los farsantes, es probable que el autor haya moderado sus ímpetus pretéritos. A diferencia de Casual Day, también con Pablo Remón de coguionista, aquí no consta un genial Juan Diego repitiendo que «me cago en los chinos». En buena lógica, el teatro debería estar muerto. El autor de Los farsantes lo apuñala en escena, poblando su obra de personajes que matarían por triunfar en el cine, y consigue con esta cabriola el éxito dramático de la temporada.

Compartir el artículo

stats