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Oblicuidad

P.J. O’Rourke, el adiós al gamberrismo mejor escrito

La misión fundamental de la literatura consiste en amargarte la vida, con el Quijote como deleitosa pero poco imitada excepción. De ahí que si viajamos a la década de los ochenta, debamos remansarnos en Bella del Señor de Albert Cohen, o en las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar en la traducción de Julio Cortázar, para citar los impactos librescos en la España del primer socialismo. Sin embargo, no pueden competir con la feligresía creada por un desconocido P.J. O’Rourke con su insolente panfleto Cómo tener la casa como un cerdo, que se ofrecía como la guía espiritual del perfecto soltero. El escritor satírico acaba de morir, el adiós al gamberrismo mejor escrito. En contra de su gremio, el sentido del humor nunca le robó la alegría, que diseminó entre sus lectores con aforismos explosivos. «La buena noticia es que, de acuerdo con la Administración Obama, los ricos pagarán por todo. La mala noticia es que, de acuerdo con la Administración Obama, tú eres rico».

En sus sucesivos despachos desde el infierno de las guerras del planeta o de sus vacaciones en el mismo averno, O’Rourke se consagraría como el escritor más corrosivo de Estados Unidos, capaz de describir «los placeres vacacionales de Beirut y sus alrededores» en plena guerra civil de 1984. Con una particularidad exótica, hablaba desde posiciones estrictamente Republicanas. La militancia conservadora no le impidió una mofa descarnada del desembarco de Trump en ¿Cómo diablos ha ocurrido esto? Respaldó a Hillary Clinton porque «aunque está equivocada en absolutamente todo, está equivocada dentro de parámetros racionales».

Los humoristas excesivos como O‘Rourke deben canalizarse en las cabeceras adecuadas, revistas como Rolling Stone o National Lampoon condenadas a la extinción. El derechista que gustaba a los izquierdistas se nutría de dosis generosas de alcohol y drogas, aunque recordaba que «si el Gobierno fuera un producto, su venta sería ilegal». Se desmarcaba de las locuras exhibicionistas de un Hunter S. Thompson, aunque como corresponsal de guerra se encontró en más de una ocasión en el lado equivocado del cañón de un fusil. Pocos le igualan en la facilidad con la que encontraba la vertiente descacharrante de las situaciones desesperadas. El H.L. Mencken contemporáneo no creyó en la libertad de reírse de la peripecia humana, sino en la obligación de hacerlo.

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