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Oblicuidad

A cualquiera lo llaman hoy Cervantes y le pagan por ello

El premio Cervantes no ha recibido una atención comparable a la muerte de Georgie Dann, pero su dilución no impide reflexionarlo. Este galardón solo recuperará su esencia cuando un agraciado lo rechace, acatando la evidencia de que no milita en las cumbres cervantinas ni en las laderas ocupadas por los primeros agasajados con esta invención. Por supuesto, no vale quedarse con el título para subir después a la tribuna en presencia de los Reyes y pecar de falsa modestia, al considerarse indignos de lo que previamente han aceptado. Y cobrado, 125.000 euros.

De hecho, el Cervantes solo sirve hoy para comprobar cuántos autores en castellano no se aproximan ni en sueños al titular del galardón, pese a lo cual se sienten capacitados para ostentar esa denominación curricular. Vale que ningún actorcillo premiado pinta como Goya, pero se presumía que todo escritor aspiraba a Príncipe de los Ingenios, eslabón de una profesión seria frente a los faranduleros contra quienes se ensañaba Buñuel. Los llamaba «tontos», porque se limitaban a repetir rumiantes las órdenes que recibían.

A cualquiera lo llaman hoy Cervantes. El nivel ha descendido hasta el punto de que el primigenio no obtendría el galardón, dado que es flagrante la falta de sintonía entre su producción y la naturaleza de los premiados. Claro que Unamuno siempre defendió que el Quijote se escribió por casualidad, la única virtud que permitiría engastar una obra de enjundia cervantina en un palmarés de segunda división

Con el caudal reseco, este año le ha tocado a Cristina Peri Rossi, agradable conspiradora a la vera de Cortázar y articulista de profundidades. Una escritora apreciable, pero no le ha impreso un giro ineludible a su arte. Todos los castellanohablantes se miran en Cervantes cada vez que pronuncian una palabra, y lo mismo debiera ocurrir con los premiados bajo la advocación cervantina. No se trata solo de recompensar una trayectoria, el original tampoco fue el mejor prosista de su generación, sino de enmarcar a un símbolo, tal vez con Borges como ejemplo más simple y elegante de espejo. El hispano ha de sentir ganas de apropiarse del premiado.

El Planeta y Carmen Mola son tal para cual, ambos cumplen con su función populachera. En cambio, el Cervantes se ha remansado en la coquetería de los malditos o los insuficientes, en la pereza del desabastecimiento. Sin duda contentará a la menguante grey letrada, mientras contribuye a excavar la zanja que separa a la literatura de calidad de la población sin más.

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