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Diario de Mallorca

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Entender + con la historia

El bikini atómico

El bikini cumple 75 años y sigue en plena forma. Esta pieza revolucionaria generó mucha polémica al presentarse. Recordamos sus orígenes y el porqué de su nombre, que no se puede entender sin la Guerra Fría.

Ursula Andress, mítica en Agente 007 contra el Dr. No.

Cuando el 5 de julio de 1946 Micheline Bernardini posó para los fotógrafos en la piscina Molitor de París dejó el mundo sin aliento. Aquella joven de 18 años, bailarina del Casino de París, había sido la única de aceptar la propuesta de Louis Réard para presentar su creación: el bikini. Ninguna modelo de las habituales en las pasarelas había querido exhibirse con aquello.

Cuando la prensa le preguntó la razón del nombre, Réard respondió que era un conjunto de baño tan explosivo como las pruebas nucleares que se estaban haciendo aquellos días en el atolón de Bikini del océano Pacífico. Apenas un par de semanas antes, Estados Unidos había hecho estallar una bomba mil veces más potente que las de Hiroshima y Nagasaki. Entonces todavía nadie era demasiado consciente de las terribles consecuencias que tenía ese tipo de armamento y, durante muchos años, tanto Bikini como otros atolones de la zona se convirtieron en un macabro banco de pruebas de la carrera nuclear de la Guerra Fría. Pero todo esto entonces aún no se sabía y Bikini solo era un nombre exótico para una pieza tan minúscula que cabía en una caja de cerillas, que Bernardini sostenía sonriente ante las cámaras.

En realidad la idea de usar bragas y sujetadores para cubrir o proteger las partes más púdicas del cuerpo femenino ya estaba presente en la antigüedad, tal y como demuestran mosaicos, pinturas y esculturas de diferentes épocas. Y ni tan siquiera se tenía que ir tan atrás, porque compitiendo con Réard estaba el modisto Jacques Heim, que en 1932 había creado un producto similar llamado Atome.

Simplemente, el diseño que se presentó hace 75 años tuvo la habilidad de acertar el nombre y eso facilitó su popularidad. Lo curioso es que Réard no era diseñador de moda sino ingeniero del sector automovilístico. Ahora bien, su madre era dueña de una tienda de lencería cerca del Folies Bergère y él había oído contar a muchas clientas que frecuentaban las playas de la Costa Azul que se bajaban un poco el bañador a la hora de tomar el sol para evitar las marcas blancas en la piel. Réard pensó que el bikini les facilitaría el trabajo. Además a nivel de fabricación se podía justificar su producción porque debido a las restricciones de la posguerra mundial había falta de material textil para la confección.

El nuevo producto tuvo a favor dos elementos que siempre ayudan a la promoción: la polémica y el apoyo de caras conocidas. Así, mientras estrellas de Hollywood como Rita Hayworth o Ava Gardner no dudaban en dejarse fotografiar con la pieza de baño, el Vaticano ponía el grito en el cielo y calificaba el bikini de pecaminoso. De hecho se llegó a prohibir en las playas de Italia y España. La sociedad, sin embargo, iba por otro camino y, poco a poco, se empezó a hacer presente en todas partes.

En 1951 se utilizó en el concurso de Miss Mundo y, dos años más tarde, la actriz Brigitte Bardot lo lució en Cannes durante el festival de cine. Precisamente la gran pantalla terminó de transformarlo en un icono cuando en 1962 Ursula Andress, ataviada con un bikini blanco, salió del agua de una playa paradisiaca ante la atenta mirada de Sean Connery en Agente 007 contra el Doctor No.

El bikini tenía una doble vertiente. Por un lado era una pieza que las mujeres podían utilizar para mostrar libremente su cuerpo, pero por el otro también tenía una lectura erótica. Tal y como había ejemplificado la escena de Andress o el uso de la imagen promocional de Raquel Welch en Hace un millón de años, donde encarnaba a una mujer de la prehistoria en aquel filme estrenado en 1964, precisamente el mismo año que el bikini aparecía en la portada de la revista Playboy, barómetro inapelable para analizar la evolución del erotismo de la segunda mitad del siglo XX en el mundo occidental. De hecho, el inventor de aquel minúsculo conjunto de bragas y sujetador explicaba que había recibido unas 50.000 cartas de personas, muchos hombres, que le agradecían su diseño.

Louis Réard murió, cuando tenía 87 años, en 1984. Y apesar de que su empresa acabaría cerrando, su creación ha seguido evolucionando hasta convertirse en un clásico que convive con otras prendas de baño.

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