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Oblicuidad | Janet Malcolm hundió la pluma en la herida

«Todo periodista que no es demasiado estúpido o demasiado pagado de sí mismo sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Se abate sobre la vanidad, ignorancia o soledad de las personas, se gana su confianza y los traiciona sin remordimientos». Perdón por la longitud de la cita, pero define el trabajo extraordinario de Janet Malcolm con más pureza que un obituario.

«Los periodistas que se tragan íntegro el relato de sus interlocutores y lo publican no son periodistas, sino publicistas». La escritora de origen checoslovaco que viene de morir a los 86 no solo es el otro nombre de The New Yorker, también es la más excelsa practicante de una profesión concienzuda y que no olvida sus límites. El periodismo es tan voluble que solo puede aprenderse de quienes lo han practicado con asiduidad y en el momento presente. Esta regla cancelaría las Facultades sin merma alguna para el oficio, y en la certeza de que su docto profesorado encontraría feliz acomodo en las redacciones, dada su destreza.

«Los periodistas más pomposos justifican su traición hablando del ‘derecho del público a saber’; los menos talentosos hablan de Arte; los más normales murmuran que tienen que ganarse la vida». Intente sugerirle a un periodista o académico de la asignatura que traiciona o enseña a apuñalar por la espalda, de acuerdo con una de las maestras más leídas. Personalmente me costó una pelea cuerpo a cuerpo con Isabel San Sebastián, al indicarle que las buenas personas son malos periodistas. Los hipócritas suelen replicar con alguna cita de Los cínicos no sirven para este oficio de Ryszard Kapuscinski, idolatrado hasta que se descubrieron las generosas dosis de inventiva que el polaco inyectaba en sus crónicas magistrales.

«El periodista debe hacer su trabajo en algo así como un estado inducido deliberadamente de anarquía moral». Qué poco deontológico, pero qué exacto. Todas las citas han sido extraídas de un libro titulado lógicamente El periodista y el asesino, como si fueran actividades fraternales. Malcolm escindió a perpetuidad el mundo de la información, pero su atenta lectura salvaría a la profesión porque cumplió con la dolorosa máxima de Camus, «aceptar la originalidad y la impotencia de la realidad». En su búsqueda sañuda del dato, en la adoración de quienes han leído incluso sus piezas inacabadas, late la convicción de que la implacable mujer solo modesta en su talla física hundió la pluma en la herida, el mandato periodístico de Albert Londres.

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