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El robo d'en Parragó en la iglesia de sa Pobla

El 3 de febrero de 1828, la cuadrilla del bandolero de Manacor protagonizó su mayor fechoría, que terminó con la vida de Antoni Rosselló Parragó en una calle de la barriada manacorina de Fartàritx

Custodia de la iglesia de sa pobla de 1629. Una imagen reciente de la calle des metge o de sa Llum de Manacor, en la que Parragó fue abatido. J. Payeras / Ballester i Cladera

Ciento noventa y tres años después del suceso, que levantó extensa polvareda entre la sociedad mallorquina y escandalizó y movilizó a las autoridades civiles, eclesiásticas y militares de la isla, y a los moradores de sa Pobla en masa, todavía resuena en la memoria de los más viejos, y no tan viejos, el nombre del protagonista de los hechos: En Parragó.

Cuenta la crónica de la revista local Sa Marjal, que corría la noche del 3 de febrero de 1828, festividad de San Blai, y mientras poblers y pobleres estaban disfrutando de los bulliciosos bailes de carnaval que se celebraban en las casas de Son Pons y Son Corp, cercanas a la iglesia parroquial, en el interior del templo la cuadrilla de bandoleros capitaneada por Antoni Rosselló Parragó, estaba perpetrando el robo sacrílego de mayores dimensiones de aquella época de bandolerismo en la isla. Las criminales andanzas de Parragó y sus fechorías, quedan reflejadas en los trabajos del vicario Joan Parera Sansó en la mencionada revista, de Albert Carvajal y Toni Gomila, en el libro Així és Fartàritx, y de Antoni Pasqual Andreu en su comunicación presentada a las VI Jornades d’estudis locals de Manacor. Refiriéndose al robo sacrílego cometido en la iglesia de sa Pobla, los antes mencionados autores, coinciden en la narración de los hechos, cada uno con su propio estilo. Pero, pocos meses antes de cometer el robo en la iglesia de sa Pobla, la noche del 18 de diciembre de 1927, Parragó y su cuadrilla habían protagonizado unos graves hechos delictivos en el oratorio del Puig de Maria de Pollença. Por lo que cuenta el historiador Antoni Furió, los ladrones no salieron impunes, pues el día 9 de enero de 1828, fueron llevados presos a Palma Bartolomé Ordines de Santa Margarita, Antonio Rosselló ‘Parragó’ de Manacor y Antonio Mas ‘Maset’ de Alaró. Los presos pronto se escaparon de la cárcel y enseguida planificaron y perpetraron el robo sacrílego en la iglesia de sa Pobla, que conmovió a toda Mallorca, y movilizó a todas las fuerzas vivas de la isla y a los poblers en particular.

Escondite den Parragó en Son Sabatet de sa Pobla, junto a una imagen reciente de la calle des metge o de sa Llum de Manacor, en la que Parragó fue abatido.

Escondite den Parragó en Son Sabatet de sa Pobla, junto a una imagen reciente de la calle des metge o de sa Llum de Manacor, en la que Parragó fue abatido. J. Payeras / Ballester i Cladera

Cuenta Parera en el número 3 de la revista Sa Marjal (Marzo de 1909) con estilo un tanto novelesco: «La boca de un lobo no es tan negra como aquella noche de tan tristes recuerdos. Sobre las once de la noche, Parragó y sus tres malos amigos se presentaron en nuestra parroquia para cometer el crimen más horrendo y sacrílego». Uno de los cuatro bandoleros se paseaba por la esquina de la casa del Rafal (actual biblioteca) haciendo de centinela. Justo en frente del Portal Menor del templo, en la casa de Son Pons y en la de Son Corp, frente al Roser, se celebraban unos animados bailes de carnaval. Mientras, los ladrones lograron abrir la puerta de un pequeño portal situado a la altura de la pila bautismal y se dirigieron hacia la sacristía y accedieron al armario donde se guardaban las joyas más apreciadas, pero no pudieron abrirlo. Rastrearon por todos los rincones de la iglesia sin encontrar ningún objeto de valor, pues, todos habían sido escondidos ante los rumores de que por la zona de sa Pobla actuaba una banda de ladrones.

El robo de'en Parragó

El robo de'en Parragó

Pero el párroco se olvidó de esconder la custodia y los vasos sagrados que se guardaban en el sagrario del altar mayor. Los malhechores se llevaron la parte superior de la custodia, llamada vericle con sus rayos centrífugos resplandecientes, que contenía una hostia consagrada. Después se dirigieron a la capilla del Roser, abrieron la puerta del sagrario y se apoderaron de dos copones de plata y dos vasijas para servir la comunión, llenos de formas consagradas, desparramando unas cuantas por el suelo.

Por su parte, Furió narra así los hechos: «Día 3. Domingo por la noche entraron ladrones en la Iglesia Parroquial de la Villa de La Puebla y después de haber robado todas las alhajas de oro y plata tomaron la custodia con el Santísimo Sacramento y se la llevaron, igualmente robaron el copón, las dos medias naranjas que sirven para dar la comunión y las Sagradas formas las dejaron por el suelo con grave menosprecio y poco temor de un Dios que podía convertirles en estatuas de sal como lo hizo en otro tiempo. El sacristán por la mañana hallando tal novedad dio parte al cura que luego lo puso en conocimiento del Sr. Obispo y la policía de aquel pueblo lo comunicó al Excmº. Sr. Capitán General como Subdelegado de Policía en la isla». Precisamente, una canción popular sobre el suceso dice así: Ens Sans i en Parragó / En Manco i en Masset / Feien ofici secret / Per robar Nostro Senyor.

Consumado el robo, los ladrones emprendieron la huida hacia los parajes de la finca de Son Sintes, situada a poco más de un kilómetro de la salida del pueblo, en dirección a Son Sant Martí. En una parada en el camino, justo en la finca de Son Sintes, examinaron los objetos robados y descubrieron que la custodia contenía en el interior del vericle la hostia consagrada, lo que originó una fuerte discusión entre ellos para decidir lo que hacían con la sagrada forma, cuya decisión, según Parera, consistió en partirla en cuatro trozos y comerse un trozo cada uno.

Para recordar aquel hecho se colocó en una de las paredes exteriores de la casa de la referida finca de Son Sintes, una placa de piedra, que hoy está en poder de Francisca Crespí, descendiente de los propietarios de la finca, cuya casa fue derribada hace años, ya que amenazaba ruina. La placa se conserva gracias al sentido común del propietario, que decidió retirarla, antes de que quedara rota y desapareciera entre los escombros.

De Son Sintes, los cuatro bandoleros continuaron su camino hacia la extensa zona boscosa de Son Sant Martí, donde después de permanecer escondidos algunos días, decidieron dirigirse hacia Manacor para refugiarse en la zona del ‘Coll des Vent’, a los pies de la Roca des Castellet. La pieza que tuvieron más difícil de vender de todo el botín fue el vericle de la custodia, por lo que decidieron esconderlo en el interior de un pozo que se encontraba en una parcela agrícola, cerca del camino que conduce a sa Roca.

Una placa de piedra para recordar el suceso se colocó en la finca de Son Sintes.

Una placa de piedra para recordar el suceso se colocó en la finca de Son Sintes. Arxiu Joan Payeras

El levantamiento de un pueblo

En sa Pobla, cuando a primera hora de la mañana el sacristán y el vicario que debía celebrar la primera misa, descubrieron los rastros que dejaron los ladrones en el interior de la iglesia y lo que se habían llevado, lo comunicaron al párroco Pere Francesc Sard, natural de Artà, y aquel al alcalde, que entonces era Melcior Tugores Socias. La noticia corrió como un reguero de pólvora entre los vecinos, que se arremolinaron en grupos por todo el pueblo, expresando sus muestras de asombro e indignación ante lo ocurrido.

Las autoridades locales, civiles y eclesiásticas, comunicaron los hechos a sus superiores jerárquicos de la capital, quienes rápidamente organizaron las actuaciones pertinentes a llevar a término, según sus competencias. Por su parte, el alcalde, como máxima autoridad local, ordenó que se hiciera un bando dirigido a la población, ordenando la prohibición de salir del pueblo sin autorización y pidiendo a todos los hombres aptos que se presentaran en el Ayuntamiento para organizar una persecución de los ladrones. La respuesta de los poblers no se hizo esperar y un considerable grupo de hombres, armados con diversas herramientas de trabajo y alguna escopeta, emprendieron, sin rumbo fijo, la búsqueda de la cuadrilla de ladrones.

En Palma, la intervención de las autoridades civiles fue rápida y contundente. El día 6 de enero se emitió un bando ofreciendo la cantidad de tres mil ducados a los que denunciaran «esta compañía de ladrones o algunos de ellos y si fuese uno de la cuadrilla el denunciante, se le indultara de la pena en que haya incurrido». Por parte del obispado, se acordó que en la capital y en toda la diócesis se harían rogativas públicas por el hallazgo de «forma consagrada» y que las iglesias se cubrirían de luto en señal de sentimiento que debe causar a los fieles la pérdida de esta joya la más preciosa. En la iglesia de sa Pobla, «se extenderán hasta nueve días y la iglesia permanecerá enlutada por espacio de 15 días, en los que prohibimos tocar el órgano y repicar las campanas». También se prohibieron las «diversiones públicas» como el baile de Carnaval.

Imagen de las casas de Son Sintes, sobre cuyo portal el vicario Parera hizo colocar la placa de piedra recordando los hechos.

Imagen de las casas de Son Sintes, sobre cuyo portal el vicario Parera hizo colocar la placa de piedra recordando los hechos. Arxiu Joan Payeras

Captura, muerte y escarnio

Pasaban los días y todos los esfuerzos que realizaban las autoridades civiles para dar con el paradero de la banda de ladrones resultaban estériles. Era de vital importancia saber quienes eran los prófugos para poder seguir sus rastros. La incógnita se despejó cuando un componente de la banda, con el fin de conseguir el indulto y la absolución de toda pena, dictada por el gobernador y que se había hecho pública por medio del pregonero, aceptó delatar a sus compañeros y su escondrijo.

Una vez que se supo que uno de los miembros más destacados de la cuadrilla era Parragó, se envió desde Palma a Manacor un regimiento de soldados de Infantería, conocido como el Regimiento de Soria o el Noveno para intentar la captura del peligroso bandolero. Las sospechas apuntaban a que Parragó pudiera tener su escondite en la casa de una amante que tenía en la calle d’en Metge de la barriada de Fartàritx, conocida hoy como calle de la Llum. De noche desplegaron los soldados por los callejones oscuros del barrio y seguramente el ruido que hacían con sus registros que realizaban los militares hicieron levantar sospechas. Una crónica de Palma y diferentes canciones que se hicieron populares, describen cómo fue la caza y captura del peligroso bandolero: A les onze del sereno / Va matar en Parregó / Un soldadet petitó /Del Regimiento del Noveno.

La crónica de día 13 relata que en Manacor una comisión de la policía de Palma persiguió a Antonio Rosselló Parragó por sospechas de ser uno de los que robaron en la iglesia de sa Pobla. «Un soldado le pegó un tiro de fusil que le atravesó el cerebro y cayó muerto». Antoni Pasqual en su ponencia describe que «e mañana, mientras se levantaba la niebla se esparcía la noticia por todo Manacor que habían matado a Parragó. De Fartàritx, trasladaron su cadáver a la plaza de la villa y allí lo tuvieron tendido sobre un banco de piedra del voladizo, durante todo el día para que la gente tomara conciencia de como acaban los delincuentes». Así acabaron las tristes andanzas de Parragó. Un crucifijo que llevaba colgado del cuello sirvió para que le dieran cristiana sepultura, ya que las autoridades eclesiásticas eran reticentes a que así se hiciera. Sus compañeros de cuadrilla, si no acabaron igual que su cabecilla, fueron detenidos, según cuentan las crónicas: «Día 17 de marzo. Han sido apresados varios cómplices en el robo de las alhajas del Santísimo de la Puebla, incluso un patrón extranjero que los transportó a Menorca». Otra de día 26 reza: «A las 4 de la tarde fue apresado en la villa de Binissalem Miguel Mas alias Masset de la villa de Alaró capitán de la pandilla que robó las alhajas y el SSº de la Puebla. Fue perseguido desde el lugar de Santa Eugenia hasta los campos de Binissalem donde fue herido malamente en un muslo de un tiro de pistola del que cayó y fue conducido a la prisión de dicha villa». La crónica del día siguiente daba cuenta del fallecimiento de Miguel Mas, «de resultas de la herida de pistola que recibió en un muslo cuando le perseguían los voluntarios y los paisanos y ha sido enterrado en el cementerio de aquella villa…»

Gracias a las declaraciones del ladrón que solicitó el indulto, pudo recuperarse el apreciado vericle que se encontraba escondido dentro del pozo próximo a sa Roca des Castellet del término de Manacor. Sa Marjal apunta que el referido pozo, que se encontraba sobre un margen y tenía una pequeña capilla, fue tapado por el sen Melis a principios del siglo XX, porque pensando en el macabro episodio sentía miedo cuando pasaba cerca del mismo. Parece ser, que después de que mossèn Parera visitara el lugar del pozo, hizo colocar una placa de piedra de Santanyí como recuerdo de los hechos, parecida a la que fue colocada en las casas de la finca de Son Sintes en sa Pobla. Del botín del robo en la iglesia de sa Pobla, como queda dicho, pudo rescatarse el vericle de la custodia, la única pieza que los bandoleros no pudieron vender. La joya se hallaba muy deteriorada a causa de los golpes recibidos durante su traslado y por tal motivo tuvo que ser refundida y en su parte posterior figura inscrito el año 1828, mientras la pieza completa data del año 1626, fecha que figura en la base de la valiosa custodia que se guarda en la iglesia de sa Pobla.

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