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Oblicuidad | Correr el calvario tras Marina Abramovic

Marina Abramovic.

En cuanto conocí a Marina Abramovic, me enamoré de ella, aunque no imaginaba que fuera un sentimiento tan exigente. La artista entonces yugoslava estaba invitada en la espectacular casa de su amiga Rebecca Horn, al final o al principio del Calvari de Pollença, con visión de 360 grados sobre el entorno. Me había desplazado para cenar como chófer de Cristina Macaya, que durmió todo el trayecto porque no conciliaba el sueño de noche ni de día, solo de camino entre compromisos.

Al ingresar en la casa de Horn, ya habían llegado el incombustible Ben Jakober y la sabia Yannick Vu, pero solo tuve ojos para Abramovic. Recuerdo perfectamente cómo iba vestida, pero incurriría en media docena de crímenes al recordarlo. Me limitaré a consignar que, alguien que no hubiera perdido el sentido por ella como me ocurrió, destacaría su estructura fibrosa. Un cuerpo en plena forma maquinal, que empleaba como materia prima de sus espectáculos. Todos éramos conscientes en aquellos momentos de que sería un icono mundial, pero ella dedicaba más atención a sus articulaciones que a su proyección.

Marina, o Abramovic, me explicó cuidadosamente su dieta mientras exprimía todos los vegetales imaginables en un zumo o smoothie, como diríamos un cuarto de siglo después. La artista venía de darle un par de vueltas a la montaña. Más adelante tendría la oportunidad de correr no junto a ella, sino tras ella por la escalinata del Calvari. Sin aliento, y esta vez no solo por motivos de la contemplación extática.

No recuerdo gran cosa de aquellas conversaciones intelectuales, aunque subsiste la obsesión de Marina o Abramovic por la eliminación «de los objetos que entorpecen el diálogo entre el creador y el espectador». Años más tarde, alcanzaría la gloria sentándose durante 750 horas ante desconocidos en mi querido MoMA neoyorquino. La artista entraba en otra dimensión, la paradoja es que para lograrlo no desplegara su cuerpo, disimulado bajo una túnica.

Marina o Abramovic me invitó a su boda en Holanda. No como novio, extrañamente. La ceremonia imponía el frac o algún vestuario medieval de dicho tenor, pero los holandeses nunca pecarán de surrealistas. Un milenio más adelante, conociendo a Marina e imaginando a Letizia, entiendo que la segunda premie a la primera con el Princesa de Asturias de las Artes. La creadora visual es la mujer que la Reina desearía ser. Indestructible, ajena al que dirán, dueña absoluta de su cuerpo y de su vida. Por este orden.

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