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'Culebrones turcos' | La fórmula de la adicción televisiva

Melodramas extremos, belleza, exotismo y lujo sin filtros son los ingredientes de un formato que tiene cautivada a una gran audiencia

Los protagonistas de ‘Love is in the air’, Hande Erçel y Kerem Bürsin.

Los protagonistas de ‘Love is in the air’, Hande Erçel y Kerem Bürsin. MEDIASET

Hubo un tiempo en el que el producto típico de Turquía que mejor viajaba al extranjero eran esos pequeños dulces con forma de cubo y cobertura de azúcar en polvo que el resto del mundo conoce como delicias turcas y que invariablemente se quedan adheridos a los dientes de quien los come. Y quizá no sea casual que el nuevo producto estrella exportado desde aquel país comparta esa misma cualidad pegajosa. Las ficciones televisivas conocidas como dizi se agarran con fuerza a quienes se atreven a probarlas y no hay forma de soltarse. Gracias a esa habilidad, han logrado una audiencia global de 700 millones de personas repartidas en 150 países. En España cada vez cosechan más éxito y ya son todo un fenómeno que se explica a través de varios factores. Estos son algunos.

1. ¿Quién dijo melodrama?

Una joven viuda no puede pagar un trasplante de médula ósea para su niño de 5 años, y su suegro se niega a ayudarla porque la culpa del accidente de coche que lo dejó sin su hijo; desesperada, pide un préstamo a su jefe, que acepta concedérselo a cambio de sexo.

Las innumerables desdichas provocadas por esa premisa componen el grueso narrativo de Las mil y una noches, la serie que inició la expansión de la ficción turca; la primera que triunfó en España, Fatmagül, cuenta la historia de una joven que es víctima de una violación grupal y posteriormente es obligada a casarse con uno de sus presuntos agresores; y la protagonista de Mi hija, que triunfa en Antena3, es una niña abandonada aquejada de un trastorno genético que le provoca pérdidas de memoria.

Seguro que esos tres ejemplos dejan clara la tendencia de las dizi a la hipérbole melodramática, pero por si acaso aquí van otros dos: en Fruta prohibida, tres mujeres que estuvieron casadas consecutivamente con el mismo hombre adinerado que acaba de morir se alían con el fin de tomar el control de la compañía del fallecido; y Baraj –en antena en su país– cuenta la historia de un obrero con el rostro desfigurado que seduce a una joven haciéndose pasar por otra persona en una aplicación de citas y que, tras hacerse millonario y someterse a cirugía plástica, tiene un hijo secreto con esa joven después de haberse casado con la hermana de su marido. No, en serio.

Sin duda, esa capacidad para el contorsionismo argumental es lo que otorga a las series turcas buena parte de su poder adictivo. Sus episodios están llenos de grandes revelaciones de secretos familiares y relaciones adúlteras lanzadas entre ataques de ira o silencios gélidos, de mentiras confesadas al volante de coches deportivos, riquezas que cambian de manos de la noche a la mañana y muertes sospechosas que se lloran y cinco minutos después se olvidan. Si cualquiera de nosotros estuviera en la piel de sus personajes, acabaríamos desahuciados. Ellos perseveran.

2. Matemática de culebrón

Las dizi no inventan nada. En la mayoría de los casos, sus planteamientos argumentales se basan en absolutos morales y arquetipos narrativos de eficacia probada: el soltero empedernido que sufrió males de amor en el pasado y por eso se cierra al amor, la madre abnegada que se desvive por sus hijos y sufre mil perrerías a causa de ello; el romance imposible entre dos jóvenes procedentes de clases distintas; el clásico e infalible triángulo amoroso. Y esos enredos sentimentales son abordados con el tipo sentido del decoro y respeto a los valores familiares que se adapta también a públicos de diferentes edades, estratos sociales y convicciones religiosas.

3. La carne es débil

El romance y el salseo están entre sus ingredientes esenciales, pero en su éxito también tiene que ver el atractivo físico de sus intérpretes. El éxito de Love Is in the Air, que Tele5 ha lanzado al estrellato a su pareja protagonista: ella, Hande Erçel, fue Miss Turquía antes de experimentar la fama gracias a Hayat: amor sin palabras, ha sido elegida como la mujer más bella del mundo por una asociación de cirujanos plásticos de Hollywood; él, Kerem Bürsin, va camino de convertirse en el galán más querido del formato.

Las producciones televisivas turcas tienen tanta audiencia y generan tantos ingresos en publicidad que a sus productores les sale a cuenta invertir lo que haga falta en ellas, y ya se sabe lo mucho que luce el dinero bien invertido. En ese sentido, resultan especialmente deslumbrantes las dizi de época y, en concreto, las dedicadas a ensalzar las glorias del pasado otomano. Resurrección Ertugrul, centrada en la vida del padre del fundador del Imperio y catalogada como la alternativa turca a Juego de Tronos, ofrece trajes imponentes, decorados opulentos y escenas de batalla francamente vistosas; y lo mismo puede decirse de El sultán, que llegará a España en breve, tras haber sumado más de 500 millones de espectadores en todo el mundo.

4. Viajar desde el sofá

Buena parte de las telenovelas turcas no solo ubican muchas escenas en escenarios reales de Estambul sino que, de hecho, convierten la ciudad en una protagonista más. Y de ese modo, ambientándose en mansiones increíblemente suntuosas en primera línea de mar y ofreciendo monumentales vistas, se han convertido en una herramienta de promoción turística de primer orden. Amor eterno transcurre entre los barrios de Yeniköy, situado en la orilla europea del Bósforos, y Üsküdar, rodeado de reservas naturales y cementerios; la acción de Pájaro soñador se desarrolla en el distrito de Tuzla, popular gracias a sus restaurantes de pescado; y el principal escenario de fondo de El sultán es el Palacio de Topkapi, que en el pasado fue centro administrativo del Imperio Otomano y se sitúa entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara. Las dizi en otras palabras, nos dan la oportunidad de conocer Estambul sin salir de casa. Quienes quieran conseguir un pelazo como el de Can Yaman, eso sí, tendrán que desplazarse físicamente a la ciudad.

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