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Oblicuidad | Francisco Vilardell, el médico de Juan Pablo II

Juan Pablo II.

Juan Pablo II. EP

Entrevisté a Francisco Vilardell Viñas en el ambiente anónimo de un bar del aeropuerto de Palma. El estomatólogo dirigía el servicio y de la escuela de Patología Digestiva del hospital de Sant Pau, en la Barcelona donde nació. Sobre todo, era el médico del Papa, uno de los cuatro especialistas de todo el mundo solicitados por el Vaticano para atender a Juan Pablo II cuando fue tiroteado por el turco Alí Agca.

Y el doctor Vilardell, que ha fallecido este mes a los 94 años de edad, también era el esposo de Leonor March Delgado, una entre los ocho nietos del banquero Juan March Ordinas y hermana de Juan y Carlos March Delgado, prolongadores de la dinastía financiera. Esta vinculación matrimonial imprime carácter, hasta el punto de que se saltaba el inacabable currículum científico del médico. El nexo con el clan de los March figura sin ir más lejos en la sexta línea del por otra parte detallado obituario que Eugeni Gay dedicaba al fallecido en La Vanguardia.

En nuestra conversación, Vilardell aceptaba con flemática resignación ayuna de exhibicionismos estas dos singularidades de una biografía pletórica de éxitos profesionales. A saber, la intervención que salvo la vida de Karol Wojtyla en los compases iniciales de su papado y que le valió una misiva personalizada de agradecimiento del Sumo Pontífice, y su vinculación por matrimonio a un apellido que todavía suscita estremecimientos por el solo hecho de pronunciarlo. A diferencia de otros matrimonios en la tercera generación de la saga y posteriores, Leonor March encontró al esposo ideal que asumía las servidumbres de un linaje que multiplicaba su contacto con Mallorca. El médico era habitual en la propiedad familiar de Ternelles. Fieles a la tradición, sus hijas Mercedes y Carmen Vilardell March se casaron en s’Avall.

En Son Sant Joan, el doctor Vilardell bordeaba el rubor al recordarle que era el único español en el Royal College of Physicians, la institución que agrupa a los más destacados especialistas de medicina interna del mundo. Y antes que del Papa o de March, dos autoridades supremas, prefería debatir aquella tarde sobre las absorbentes cuestiones éticas que despiertan los avances científicos. Se encendía en la defensa de una regulación que evitara excesos con las técnicas de manipulación genética, precursor también en este campo de la encrucijada más candente de la medicina contemporánea.

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