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El diablo tal vez

En el prado de suave pendiente que desciende hacia el río pastan las vacas. La hierba reluce con el sol tras la lluvia. Se mueven perezosas mientras una música de esquilas las acompaña. Todo es paz y armonía. Ahí están, sin otro objeto o anhelo que pastar y quizás esperar a su dueño que las recoja. Quién sabe si pensarán en ello o si solo cuando ocurra sentirán una satisfacción. Lo que no creo es que tengan planes, proyectos ni, sobre todo, lucha interior. Nos lo quiso mostrar el Museo de Bellas Artes de Asturias con la exposición recién clausurada: El diablo tal vez. Somos un campo de batalla que se libera una lucha entre el bien y el mal, capitaneado este último por Satanás. No es solo la religión cristiana, ni las del libro, las que nos hacen ver que estamos condenados a reprimir inclinaciones malignas. También el Buda, por poner solo un ejemplo, nos dice que el mundo es sufrimiento. Lo es porque entre otras cosas, deseamos lo que no podemos alcanzar y obtenemos lo que no deseamos. Deseos como placer, posesiones o la inmortalidad, que nunca obtendremos mientras la vida nos colma de dolor, enfermedad, miseria y muerte, no deseadas.

Da igual que atribuyamos al demonio o al mundo las tentaciones, somos nosotros, cada uno, como agentes que responden a esos estímulos, los responsables del resultado. Tenemos que batirnos permanentemente. Y algunos hicieron de esa batalla su vida. El Museo celebraba la de San Antonio Abad. Él, que se retiró a una cueva a meditar y funda la dinastía de los anacoretas, sufría los embates del demonio quién disfrazado de las más atractivas sugerencias, lo querían desviar del bien. Gracias a San Antonio y a sus seguidores y hagiógrafos, se codificaron primero las pasiones malignas, muy pronto los pecados. Al final, tras varios titubeos, quedaron reducidos a 7, como los 7 sacramentos o los 7 días para crear el mundo, etcétera. En el cuadro pintado por Brueguel de Velours para un centro de internamiento de mujeres descarriadas en Valladolid (los había en la España del siglo XX regidos por monjas Adoratrices, entre otras) San Antonio trata de concentrarse en la lectura mientras una legión de monstruos lo asedian y tratan de llamar su atención. Pero también bellas doncellas, imagen de la pureza, porque la tentación se disfraza, Lucifer es el gran engañador. Y el anacoreta tiene que resistir, anular esa tendencia que lo llevará a un gozo pecaminoso, a la perdición. Un poco más allá se podían ver los grabados que Brueguel el viejo había hecho para que los cristianos vieran el horror de las tentaciones, de cada vicio, de cada pecado capital. Y aprendieran a resistirlas.

Es como si nuestra naturaleza estuviera enturbiada. El árbol lucha también, pero con aquellos que compiten por el suelo o por el cielo que precisa. Extiende sus ramas impidiendo que otros atrapen la luz necesaria para nutrirse. Y por debajo, sus raíces exploran el terreno en busca de nutrientes. Si es más fuerte, o más audaz, otros no podrán disfrutar de la energía que el obtiene. Pero no hay en su interior una lucha, sus enemigos son reales.

Fue San Agustín el que cristalizó la idea de pecado original, la mancha con la que nacemos heredada por vía paterna, por el semen decía el santo, por haber comido la fruta del árbol del bien y del mal. Se acabó ahí la edad de la inocencia, de la que aún disfrutan vacas y árboles. El bien y el mal no está en la naturaleza. Está en nosotros, que desde ese día ya no pertenecemos, excluidos de ella, tenemos que luchar por la vida y lo sabemos, esa es nuestra condena. El mito así creado es fantástico: nos explica muy bien y nos da herramientas para manejar tanta incertidumbre.

Me pregunto, qué ventaja evolutiva tiene para el ser humano saberse con inclinaciones que son perjudiciales para él o para sus congéneres y sentirse obligado a combatirlas, a dominarlas. Que en nuestro cerebro haya anidado el germen de la inmortalidad nos da una ventaja: al creemos perdurables hacemos para la eternidad. Eso cohesiona la sociedad y la hace más fuerte, una especie triunfadora. Pero para creernos inmortales tenemos que pagar el canon de sabernos mortales.

A la naturaleza no le importa que el árbol impida que otros crezcan y se reproduzcan. Pero el daño del ser humano a los otros, o incluso a lo otro, debilita esa sociedad, ese grupo. De ahí la necesidad del concepto, tan volátil, de bien y mal. La soberbia fue el más censurado. Viene de sobre, de creerse incluso más alto que Dios. Aristóteles lo entendió muy bien: no son las tendencias lo que se debe evitar, es el exceso. El afán por la riqueza, por encima de cualquier cosa, o de sexo, o comida, o molicie…por eso nos recomienda moderación.

El diablo tal vez, se preguntaba la exposición. No, es nuestra naturaleza. El árbol de la ciencia del bien y el mal que nos ha permitido sobrevivir como especie.

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