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Altruismo, lucro e industria

En mi habitan multitudes, gritó el poeta cuando se le acusó de contradecirse. En el siglo IV dos filósofos chinos tenían opiniones opuestas sobre la naturaleza humana. Mencius defendía la tendencia congénita a la benevolencia, Xunzi al egoísmo y la pendencia. Contra ese determinismo se alzaron muchas voces: “Dadme una docena de niños y puedo hacer de cualquiera de ellos lo que me proponga, un médico, un artista...”, decían el psicólogo Watson, padre del conductismo. Fue el semen de la creación del hombre nuevo: sin egoísmo, un ser comprometido con el bien común. Lo quiso experimentar el comunismo. Pol Pot que se había educado en esa doctrina pensó que las manos del Estado podrían moldear un ser humano que solo deseara lo mejor para todos. Y lo que hizo fue moldear una tragedia. Ni determinados, ni tampoco tabla rasa. Si en los primeros días solo somos un saco de genes que dirigen la construcción del cuerpo, ese organismo en evolución fruto de la ejecución de las órdenes en un medio cambiante, impondrá también sus tendencias. Así el cerebro, orquestado por los genes, resulta de la conforma-ción azarosa de las conexiones neuronales que en esa maraña de millones de terminaciones cada una busca encontrar donde implantarse. Unas triunfan y sobreviven y otras perecen. De manera que el cerebro, que va a ser lo que más nos haga ser nosotros mismos, es producto de los genes y de ese medio interno. Y de las percepciones y demandas del medio externo. Incluso, dos gemelos idénticos colocados en el mismo medio, serían diferentes por los azares en la construcción de su cuerpo, sobre todo de su cerebro.

Y lo mismo que las personas somos poliédricas, en nosotros habita el egoísmo y el altruismo, el afán de acumular riqueza y el placer de dar, así las sociedades incluso aquella cuyo principal objetivo sea el afán de lucro. No solo el beneficio mueve a los empresarios. Tampoco a las grandes farmacéuticas.

Cómo se desarrolla un fármaco es una cosa complicada. Suele empezar en la universidad u otros centros de investigación básica pública o privada. Tomemos por ejemplo la empresa Moderna, la que más ha invertido en vacunas RNA desde su fundación en 2010 por un grupo de profesores universitarios que recibieron el apoyo de sociedades de capital riesgo. Desde el principio se aprovechó de los hallazgos de la investigación desarrollada en la Universidad de Pensilvania, financiados por el gobierno americano, y de los descubrimientos de los Institutos Nacionales de Salud sobre vacunas y coronavirus además de que esta institución le presta apoyo logístico. Para su vacuna recibió Moderna 2500 millones de dólares del gobierno federal. Pfizer, la otra vacuna aprobada RNA que dice no recibir fondos gubernamentales, se asoció con BioNTech, una potente start up que recibió 440 millones del gobierno alemán. Esta es la realidad. La industria privada se aprovecha, y eso está bien, de la investigación básica de las universidades y organismos gubernamentales, en España puede ser el CSIC. Además, reciben cuantiosos fondos directamente de los gobiernos como inversiones estratégicas para el bien común. Y como ahora es el caso, aseguran la venta del producto comprometiendo la adquisición de millones de dosis. No, no es un libre mercado, de ahí que los gobiernos negocien los precios.

Antes no era así. Me gusta comparar el desarrollo de estas vacunas con la carrera por encontrar una contra la polio. Sabin lo logró con un virus atenuado y casi al mismo tiempo Salk con uno muerto. Ninguno de los dos patentó el hallazgo. Necesitados de distribución, Pfizer se ofreció por una modesta cantidad. Pero pronto el afán de lucro, la imperiosa necesidad de financiación, incluso en las universidades, desarrolló una carrera por patentes. El extremo llegó cuando Craig Venter, el empresario del genoma, quiso patentarlo. No se admitió.

En los últimos años la industria farmacéutica recibió muchos reveses judiciales por prácticas incorrectas y perjudiciales. La misma Pfizer llegó a un acuerdo de pagar 23.000 millones de dólares por la comercialización incorrecta ciertos analgésicos, antisicótico y otros fármacos. Otras, como Purdue, pagaron 8.000 millones. Tiene otro coste: la farmaidustria es la más desprestigiada en EE UU. Por eso un alto cargo de Pfizer dijo en reunión ejecutiva que la pandemia se constituye una oportunidad para mejorar la imagen además de hacer dinero. El afán desordenado de riqueza es un pecado capital que lo mismo que los individuos pueden cometer las empresas. Y ellas, como cada uno de nosotros, necesitan fama y reconocimiento. De ahí lo que se llama responsabilidad social corporativa. No cabe duda de que la imagen es importante para vender y esa podría ser la única o principal motivación. Pero yo creo que el altruismo es parte integrante y motora de la acción empresarial. Y como en los individuos actuará en mayor o menor grado dependiendo de las circunstancias y de su propia constitución.

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