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Simón, el último frente

Fernando Simón.

Fernando Simón. EFE

El último frente español es el doctor Simón que dirige desde 2012 el Centro de coordinación de alertas y emergencias sanitarias. Hay familias que son muy del doctor, casas en las que se apaga la tele cuando sale y hogares que han perdido la fe, en los que todo cristo niega a Simón tres veces antes de que cante el gallo. Es normal que se haya desgastado: nadie pasa tantas horas ante cámaras de tanta audiencia sin meter la pata o sin que se le coja rabia, sobre todo en esta era en la que la emocionalidad polarizada de gustadores y odiadores, de likers y haters, salta de las redes sociales a la calle.

En casa somos de centro respecto al portavoz del coronavirus. Tenemos la sensación de que la música de lo que cuenta es siempre la misma y de que, para los litros de saliva, los millones de gotículas y los metros cúbicos de aerosoles que han desperdigado sus palabras sobre el coronavirus, no es -ni mucho menos- el que ha dado más volantazos respecto a la pandemia. Al ser tibios en la fe no recitamos sus frases literales, sobre todo los versículos contradictorios sobre las mascarillas, quizá porque no vemos sentido a obligar su uso cuando no las había y porque no compartimos el fetichismo que las iguala al escapulario carlista del «detente bala». No creemos que el asesino pareciera una persona normal porque saludaba en la escalera y llevaba mascarilla. De hecho, sospechamos que ese lienzo facial permite acercarse demasiado en toda ocasión y sugiere una seguridad que no garantiza. Pero eso no nos exime de llevarla.

A parte de que el doctor Simón es un alfil en la partida de ajedrez político de la pandemia, tan preciado como vulnerable, él se ha expuesto a ser infectado con apariciones públicas en las que no es un epidemiólogo que domina los matices sino un pobre diablo que la caga por querer ser simpático. Tenemos la sensación de que cuanto más mejora su aspecto más se deteriora su imagen, pero creemos que, sin brillo y en jaque, lo más fácil es que el doctor Simón, como la mascarilla, quede hasta que se vacune al menos al 30% de la población.

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