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El paso 'queer' de 'lo nostro'

Los roles de género también se discuten en el baile y la música de Mallorca, sostiene la investigadora Bàrbara Duran

El paso 'queer' de 'lo nostro'

El paso 'queer' de 'lo nostro'

Poco podía imaginarse el manacorí Toni Lluís el verano de 2017 que su salida a bailar una bullanguera junto a otro hombre en una ballada popular en el barrio de Santa Catalina de Palma sería hoy considerado un gesto digno de estudio en ámbitos académicos como símbolo de un movimiento social que, sobre todo durante la última década, reivindica la participación y la visibilización de colectivos de mujeres y LGTBI en actos de cultura tradicional mallorquina, como el ball de bot, las danzas de figuras o las glosas. Es decir, un salto generacional que genera, como no podría ser de otra forma, un auténtico choques de trenes entre el purismo conservador de la costumbres heredadas y las ansias de ruptura contra toda barrera que discrimine a una parte de la sociedad. Y es que, efectivamente, estamos hablando ni más ni menos que de debatir sobre ‘lo nostro’. De si el muro de la cultura tradicional resiste, si se van abriendo puertas, o si estamos ante la generación que ha decidido saltarlo.

El libro El ball de sala a Mallorca, de Ramón Codina, publicado recientemente por Documenta Balear, incorpora un estudio complementario de la doctora en historia del arte y musicología Bàrbara Duran que precisamente aborda de pleno este tema, como ya lo hizo esta investigadora en su tesis doctoral de 2018. Y es ella la que incorpora a su estudio sobre el baile y la música en la Mallorca del siglo XXI la visión desde una óptica queer. Duran defiende que ese concepto encaja a la perfección en el movimiento que se vive en la isla: «La teoría queer discute los parámetros bajo los cuales la cultura construye la identidad sexual o cualquier otra, y en los últimos años aquí los roles de género en el mundo de la danza han sido discutidos. El baile significaba marcar una fina línea en los roles que cada sexo jugaba, pero hoy se ha entendido que sexo no es género.  

Por eso, esa voluntad de unos colectivos concretos de legitimarse, de hacerse visibles en el mundo de la música y la danza, han provocado este movimiento para reivindicar un rol de poder en el caso de las mujeres y la normalización de los colectivos LGTBI».

El episodio de la bullanguera ‘catalinera’ de hace tres años no pasó desapercibido y fue motivo de controversia, primero durante el baile y, posteriormente, en debates en redes y publicaciones locales. En esta danza, característica por ser el baile que suele clausurar muchas ballades populares, una pareja se convierte en protagonista de la plaza y sucesivamente van apareciendo pretendientes con su cortejo al dúo anterior. El ‘atrevimiento’ de Toni Lluís Reyes (una cara conocida por su trabajo como actor) fue salir a acometer a otro hombre, y la reacción de algunos espectadores fue silbar con desaprobación y se escucharon gritos de «fuera, fuera». La revista manacorina Cent per cent recogió la reacción de Reyes: «Hay gente que está en contra y se basa en la tradición, pero la bullanguera al final es un baile para cortejar, si ahora la tradición es que dos hombres o dos mujeres se puedan casar, también tienen que poder cortejar en una plaza». Los vídeos del primer baile de Reyes en Santa Catalina, y el de otra bullanguera reivindicativa realizada en Manacor una semana después pueden verse en youtube y en el informativo digital centpercent.cat.

Duran recoge en su estudio tanto el episodio de Santa Catalina como algunas reacciones con visiones contrapuestas que se produjeron, como el blog de Madò Llucia, donde se defendió que «vivir en el pasado es depresión, vivir en el futuro es ansiedad y estrés, pero estar en el presente que vivimos hoy es paz» para defender la necesidad de actualizar la tradición. Otras voces, sin embargo, no fueron tan comprensivas con los cambios, como la balladora Antònia Nicolau Pipiu, que explicó a Duran que “a mí me da igual si quieren cortejar, pero rompen totalmente la línea de siempre, y sobre todo, lo primero que tendrían que aprender es a poner los pies y a hacer los puntos (…), es verdad que tenemos que innovar, pero no hay que innovar las cosas de toda la vida», para concluir que «si yo estuviera tocando con un grupo y me pasa esto de dos hombres bailando en una bullanguera, me paro de tocar».

La investigadora de la corriente queer en la Mallorca actual sitúa el papel reivindicativo de estos colectivos que hasta ahora eran invisibles y silenciosos en un afán por «sentirse parte de la comunidad, porque nos reconocemos como parte de un grupo dentro de un ritual». Duran menciona otros investigadores que caminan por esta senda, como el antropólogo cultural Josep Martí, que defiende que «amar la música de un colectivo es identificarse con ese colectivo». O Mercedes Liska, que documenta el tango queer argentino en el que dos hombres o dos mujeres bailan asignándose los roles que antes se adjudicaban en base al sexo de cada persona. «Si una cosa define la música y el baile tradicional -añade Duran- es su capacidad de adaptación, conjuntamente con los nuevos aires que definen a la sociedad del tercer milenio».

En la última década se han sucedido ejemplos de luchas locales y encendidos debates como ejemplo de los primeros movimientos sísmicos que se producen en el mundo de ‘lo nostro’, con la incorporación de mujeres a los cossiers de Alaró (que se logró en 2016), la reivindicación en los cossiers de Montuïri, el primer batallón de pollencines en las fiestas de la Patrona del año pasado, las nuevas cossieres de Manacor (2019) o el caso de las Dimònies, los goigs alternativos o el baile de indis y moretons, también en Manacor. Duran subraya que estas demandas demuestran que «así como en una década las mujeres se incorporaron en muchos pueblos al canto de Sales o a los quintos, las reivindicaciones en los bailes de figuras ponen de relieve que todavía existe repertorio no normalizado. Y lo que está claro es que sin estos movimientos de denuncia de estos grupos no se cambian las cosas. Solo moviendo papeles no se logra nada».

«Esta claro que el concepto de autenticidad de una tradición, de ‘lo nostro’, es algo muy moderno -añade la historiadora-, hace cien años no se defendía que una familia bailaba o cantaba el auténtico baile o canción mallorquina, como mucho se competía por ser el que mejor interpretaba la tradición familiar. Por eso las corrientes más esencialistas del ball de bot tienen que entender que en los años 60 se perdió casi todo, y en mucha parte hay que agradecer el papel de las secciones femeninas falangistas». También alerta ante el papel actual del neopatriarcado: «Algunos hombres están al lado de las reivindicaciones feministas siempre que ellos estén en una cabecera destacada, pero si una mujer les releva y les resta protagonismo, se ataca muy duro a la aspirante, incluso a nivel personal, desacreditándola como falsa feminista».

El paso a la ‘nueva tradición’ también toca al mundo de los glosadors en la investigación de Duran, y se menciona el ejemplo renovador de la glosa actual alrededor de la «creatividad lingüística como herramienta para la crítica social incisiva». O el caso de los goigs de una neofiesta como la del Much de Sineu, que adaptan estructuras clásicas musicales para innovar en un festejo que, como en otros nuevos eventos de reciente creación, se crean nuevos iconos en base a elementos tradicionales como el calendario agrario o los rituales religiosos: clovelles en Petra, embala’t en Sencelles, el palio del Coso de Felanitx o la revolta de Vilafranca.

El libro de Ramón Codina y el estudio de Bàrbara Duran sirven para plantear un debate de futuro a partir de un recorrido muy documentado por el baile en Mallorca. Y es que el paso queer quizás sea un salto más en la evolución cultural, como lo fueron en siglos pasados episodios que rescata Codina en su obra. No pueden quedar en el olvido la existencia e influencia de los bailes de máscaras a partir del s. XVIII, las contradanzas o los minuet de comienzos del XIX, los repertorios populares de las bandas militares, la conmoción por la aparición del baile agarrado o la presencia del jazz en los años 20 con orquestinas en muchos pueblos. Como no se puede obviar que a partir de los años 60 el boom turístico hizo coincidir en muchas terrazas de hoteles a grupos de baile tradicional que realizaban demostraciones con los grupos musicales que animaban a continuación la noche de baile con las melodías más pegadizas. Una balladora de la época, Catalina Rosselló, recuerda a Duran como después de su actuación en Calas de Mallorca se cambiaban la ropa rápidamente «para quedar con ropa normal al baile del hotel. Y aprovechábamos y nos agarrábamos todo lo que podíamos».

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