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‘Cancel culture’, la inquisición digital

Los reclutadores acuden a nuestros perfiles en RRSS.

Los reclutadores acuden a nuestros perfiles en RRSS. GETTY IMAGES

El vídeo más horripilante que he contemplado este año no guarda vínculo alguno con el coronavirus. Una jauría de jóvenes blancos le exige a una ciudadana también blanca, y que aquella noche tuvo la pésima ocurrencia de cenar al fresco en Washington, que levante el puño en consonancia militante con la simbología de Black Lives Matter. La mujer se resiste pacíficamente a la imposición, y recibe una lluvia de improperios e intimidaciones que pueden resumirse en el definitivo «We’re shutting you down». A saber, «vamos a extinguirte», la pena sumaria de muerte social.

Es el ejemplo drástico de la cancel culture o cultura de la supresión, que los autonombrados portavoces de las minorías históricamente canceladas desean infligir en pretendida reciprocidad a sus verdugos. No se trata de estimular la crítica siempre bienvenida, sino de promocionar una inquisición digital que procede a excomuniones laicas, donde los ajusticiadores se refugian a menudo bajo las capuchas del anonimato. El abucheo multiplicado por miles de cuentas sociales no persigue el barullo festivo ante un error de bulto, sino la aniquilación a secas.

Es más fácil aceptar los supuestos crímenes de Woody Allen que imaginar que el cineasta intocable pagaría por ellos. La cancel culture ha envenenado a los mismos fanáticos que hubieran decapitado a quien se hubiera atrevido a discutir al judío de Manhattan. Su desquiciada última película es el fruto de la caída al abismo que le obliga a defenderse en dedicación exclusiva. Sin embargo, incluso Rifkin’s festival contiene un chiste digno del genio. En la primera escena en San Sebastián, un director acosa a una rubia explosiva con la proposición de que «en mi próxima película sobre el holocausto me gustaría que interpretaras el papel de Hannah Arendt». Humor cancelado.

La perplejidad se agranda al contemplar a la intocable J.K. Rowling satanizada por tránsfoba, si bien la quema de libros de Harry Potter a cargo de los cultivadores de la cancelación compensa el papanatismo en torno al niño mago. La cancel culture es un linchamiento a distancia equivalente a la guerra con drones. Como de costumbre, el fenómeno responde a una honda tradición. La damnatio memoriae romana preludia en su maldición póstuma a los iconoclastas que derriban estatuas de personajes cuya biografía desconocen. El fraude del debate mediático ignífugo ha entregado el poder a la plebe incendiaria.

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