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Crónicas de viaje

Fez, el ciclo de la vida

Fez ha sido siempre una ciudad que ha querido el conocimiento. en sus madraris se estudiaba el Corán, pero también a Aristóteles

Vistas de la ciudad de Fez, en el norte de Marruecos.

Vistas de la ciudad de Fez, en el norte de Marruecos.

La adhan suena a primera hora de la madrugada, antes incluso de que se haya desvanecido la oscuridad por las calles de Fez. La medina es la ciudad vieja, un conglomerado de miles de casas y plazas que convierten a Fez en un laberinto, el más complejo que jamás se haya creado en el mundo árabe. La ciudad es conocida por los viajeros desde la Edad Media. Ibn Batuta y León el Africano partieron al alba para recorrer el mundo conocido, hasta La Meca, y posteriormente seguir hacia el este en busca de la sabiduría.

Porque Fez ha sido siempre una ciudad que ha querido el conocimiento. En sus madraris se estudiaba el Corán pero también Aristóteles, sin importar que fuese griego. El viajero que entre en la mezquita de Al-Karaouine se deslumbrará con los azulejos verdes y blancos que cubren las paredes. El mármol desnudo por donde corre el agua de las fuentes le recordará a cierto paraíso que ha leído alguna vez en los textos bíblicos. La mezquita se fundó en el año 859 y los fasíes se enorgullecen de considerarla la primera universidad del mundo, fundada por dos mujeres. Alá y la sabiduría, hubo un tiempo en el que estos dos conceptos iban de la mano y se llevaban bien. Fue en el norte de Marruecos donde alcanzó mayores cotas de entendimiento y de ahí saltó el estrecho de Gibraltar, hasta Al-Andalus.

La historia de la primera Universidad de Fez aún mantiene a la ciudad en una posición de orgullo ancestral. A los costados del templo crecen las viviendas, amontonadas como un castillo de papel. Pasear por las calles de la medina reduce al viajero a la insignificancia. Observa a los carneros y las gallinas alborotadas, sabiendo que el cuchillo del carnicero los convertirá en un sacrificio temprano. También hay librerías donde se combinan los textos coránicos con los libros traídos de Francia por las generaciones inmigrantes. La calle siguiente está reservada a los zapateros y huele a cuero viejo. A la izquierda aparece el mercado de especias. Un poco más allá el de alfombras, el de metales y teteras. El de dulces bañados en miel, para pasmo de los turistas, entre moscas y niños que ponen la boca para recoger el fruto de la fuente.

Fez es un enjambre delicioso. El bullicio de la humanidad para la que no existen los horarios. De noche y de día solamente hay un ritmo posible: el del comercio. Los hombres se dan la mano y se besan en las mejillas aunque se hayan visto en el día. Las mujeres portan el velo pero no se escandalizan al ver a las turistas en tirantes y falda, observando las carteras de piel y comprando un regalo para llevar a sus familiares en Alemania. Solamente se interrumpe el caos medido cuando el almuédano llama a la oración. En ese instante las tiendas echan sus persianas y las calles se vacían. Dura apenas un instante. Diez minutos. Entonces los hombres extienden sus esterillas en medio de la calle o acuden a la mezquita más cercana. Es un momento de intimidad con Dios. Hablan en silencio y se escucha el sonido de la fuente saliendo del surtidor del centro de la mezquita. El viajero intenta colarse entre los fieles, pero las miradas lo detienen en la puerta. No habla el lenguaje de la fe y por lo tanto debe quedarse al margen. Entrar al recinto sagrado es un algo demasiado serio para experimentar por la curiosidad.

Pero Fez no vive solo de la fe. El barrio judío se refiere a un mundo perdido. Los sefardíes que fueron expulsados de la península en 1492 se acomodaron en el barrio de Mellah, al suroeste de la medina, justo al lado del Palacio Real. Y acostados en la murallas prosperaron. Hoy en día aún se conservan varias sinagogas. Las más importantes son las de Ibn Danan, del siglo XVII y la Al Fassiyine, que mantienen el culto, a pesar de los impedimentos de los últimos años. Los rabinos permiten la entrada al templo. La arquitectura es una mezcla de culturas. Un recuerdo de la Sefarad perdida y el sincretismo con el mundo árabe. Las calles de Mellah son también estrechas, pero se abren algunas avenidas comerciales donde los hombres beben té a la menta y las mujeres compran ropa interior a bajo precio.

La última hora del mercado la marca también la adhan desde las alturas de los minaretes. Los judíos cumplen el estricto horario marcado por la fe islámica. Lo hacen también los curtidores que aún resisten en el interior de la medina a los hoteles de lujo y los palacios convertidos en hamanes. Con la llegada de la noche, la ciudad se vuelve intransitable. Los carros entran por las puertas de las murallas y se llevan la mercancía no vendida durante la jornada. Los animales vivos que no han sido sacrificados emiten sus sonidos de júbilo. Un día más en este lado de la vida. En la medina de Fez el tiempo se detiene. Los restaurantes huelen a harira recién hecha, una sopa consistente que confirma la intensidad del día. En unas horas amanecerá de nuevo. Primero desde los minaretes. Se cumplirá el ciclo de la vida en Fez.

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