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Artículos de broma

Ya no se oye el trolley

Ya no se oye el trolley

Ya no se oye el trolley

Desde el coronavirus hablamos mucho de los trinos de los pájaros y nada de la matraca de las ruedas de las maletas contra las baldosas de la acera. Los ruidos, en cuanto desaparecen, se dejan de oír o, por decirlo en el lenguaje bobo de la reivindicación, se invisibilizan. Nos encantaron los pájaros al quedarse a solas con el silencio y nos olvidamos de los maletines con ruedas en cuanto dejaron de sonar detrás de nosotros entre el ruido del tráfico y la megafonía.

Antes de la subnormalidad actual, el ruido de los maletines con ruedas llegaba desde atrás, como los remordimientos, fuéramos nosotros los que los lleváramos o fueran otros los que nos alcanzaban en su tránsito con prisa de turista siete días seis noches o de auditor dos días una noche. Los que arrastran la maleta con ruedas siempre llevan prisa y andan a una velocidad impropia de transeúntes, como si el trolley fuera una batería que les carga una energía superior a la propia en humanos.

Respeto al trolley, el baúl era un dinosaurio enterrado en un sótano y la maleta de asa un antepasado que residía en el trastero. El trolley -esa carretilla que tardó siglos en convertirse en maleta, esa maleta que necesitó cien años de turismo para que le salieran ruedas- era una valija que llevaba una vida ajetreada y dormía, poco, en los altillos, siempre tan dispuesta a salir del armario como la ropa de diario y las identidades.

A esta ave de altillo, que ha dejado de volar en bandada en aviones, de rodar por aeropuertos y estaciones, de subir a taxis y coches de alquiler, ya no se la oye como se la oía en este mundo con pocas puertas de embarque, escasos mostradores de facturación y baja ocupación en los hoteles. "Es temporal", nos repetimos, con un pellizco de miedo a que el trolley acabe guardado junto a la fondue.

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