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Salud

Elogio del ocio y el aburrimiento

Elogio del ocio y el aburrimiento

Elogio del ocio y el aburrimiento

Me cuenta una persona recientemente jubilada, mejor dicho, prejubilada tras una vida profesional intensa y brillante, que había tenido el siguiente diálogo esa mañana con su mujer: Qué harás hoy. Nada. Pero eso fue lo que hiciste ayer. Es que no acabé. El dolce far niente que predicaban los italianos.

En estos días de encierro saber y disfrutar de no hacer nada puede ser una ventaja. Aprender a hacerlo, una oportunidad. El gusto y disfrute por no hacer nada está más extendido en las sociedades donde no domina el utilitarismo, la sed por producir. Quizá estemos tan preparados para no hacer nada como para la acción. Uno se puede imaginar las muchas horas de ocio del hombre del paleolítico. Inactividad que se hacía más agradable cuando se disfrutaba en grupo. Lo he visto en esas reuniones informales en los lugares de encuentro. Llegan, se sientan o se apoya, permanecen en silencio o comentan algo, están. Y se van sin aviso, sin disculpa, como llegaron. Los ancianos y los adolescentes se reúnen así en todo el mundo, los adultos en los países menos desarrollados del sur.

Estar solo es más difícil y estar solo sin hacer nada aún más. Hay magníficos ejemplos de soledad buscada, experimental y creativa. Walden es el relato de esos dos años que Thoreau pasó solo en la cabaña que le prestó Emerson. El quería encontrarse con su naturaleza en la naturaleza, despojarse de las convenciones y, sobre todo, de las imposiciones que la civilización realiza a través de las reglas, normas y leyes. Es uno de los profetas del individualismo, esa perspectiva vital tan extendida en EE.UU. Thoreau eligió un encierro, aunque no total, pero de ninguna manera se entregó al dolce far niente. Imposible en su mentalidad.

Nosotros no elegimos estar encerrados. Nos hemos encontrado, de repente, con que nuestros días ha perdido su estructura, su rutina. Encerrados también lo estaban los personajes de La montaña mágica. Pero el tiempo les pasaba volando, molido por un estricto horario. Apenas finalizaba una tarea, una ocupación, otra estaba esperando. Hasta no hacer más que yacer en la terraza, bien protegido por las mantas, recibiendo en los pulmones el frío limpio y sanador, se convierte en una tarea que devora el tiempo. Es, y no es, el niksen.

Aunque la palabra sugiera otro origen, niksen es un concepto holandés, la patria donde con más fuerza enraizó el calvinismo. Niksen es "hacer nada" o permanecer ocioso, o hacer algo sin un propósito, sin un fin: mirar por la ventana distraídamente. Niksen no obliga, como lo hace el mindfulness, a vivir el presente, a dirigir la corriente de nuestro pensamiento, de nuestra atención. Al contrario, propone dejar la mente libre, vagar ensoñadora. Tenemos esa facultad que los novelistas explotan: dominados por sus tramas, por los personajes creados, su mente se transforma para vivir esas vidas imaginadas. Y qué decir del poeta que fantasea con el amor, el dolor, la dicha y el abandono que nunca experimentó en la realidad: "El poeta es un gran fingidor", dice Pessoa, finge tan completamente, que llega a sentir que es dolor el que verdaderamente siente.

Próximo al niksen es el aburrimiento. Un estado de ánimo que se vive con inquietud y malestar. Pero se puede tener una actitud diferente: abrazar el aburrimiento, disfrutar de él y de sus consecuencias. Hay estudios, no de extraordinaria calidad, que demuestran que realizar tareas aburridas estimula la creatividad. Pero del aburrimiento del que hablamos, el que se propone como una parte del día, es el de no hacer nada: niksen.

Combinar no hacer nada con disfrutar de las opciones que nos ofrece la electrónica, los móviles, tabletas, Smart TV no es fácil. Porque esos aparatos demandan nuestra atención, nos devoran. Para dedicar un tiempo a no hacer nada hay que blindarlo. Y tenerlo entre nuestra preferencias, nuestros objetivos. Como en La montaña mágica, darle a la electrónica su horario, incluso, si se puede, su lugar, y también al niksen, y a la lectura, la música, el ejercicio, la conversación...

Decir, con esa seguridad de mi conocido, que hoy no voy a hacer nada es difícil incluso en nuestra sociedad que no es tan exigente con la productividad, con que cada individuo tenga un proyecto que intenta cumplir. Este encierro puede ser una oportunidad para aprender a no hacer nada, a dedicar periodos del día a ello. A desarrollar y poseer esa facultad. Una facultad que podremos emplear en muchas situaciones. Qué difícil es hoy esperar el autobús sin tener la vista en el móvil. Qué difícil disfrutar de ese tiempo que nos arrebatan cuando tenemos que esperar la consulta médica. Un tiempo en el que podríamos penetrar para no hacer nada, para estar. Como están los animales, como vemos estar a las personas de los pueblos que aún conservan el estilo de vida de cazadores recolectores. O al campesino mientras el ciclo de siembra y cosecha ocurre. En estos días de encierro, para algunos en circunstancias muy difíciles, dedicar tiempo a no hacer nada puede ser un alivio.

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