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Salud

Iguales en la salud

Iguales en la salud

Iguales en la salud

me gusta el sistema sanitario público porque nos iguala a todos, o casi. O casi porque un porcentaje creciente de españoles tienen un seguro privado para disfrutar de un trato más personal y rápido y quizá unos pocos porque esperan que sea mejor. Unos pocos, porque la mayoría, en situaciones graves, prefieren el sistema público. Una vez allí nos iguala a todos, o casi. O casi porque dentro existen los privilegios que tienen que ver más con los contactos que con la clase social. Claro, las clases sociales privilegiadas tienen más contactos. También los compran, aunque no todos los venden en las consultas privadas de los especialistas que trabajan en el sistema público. Así que, con algunas reservas, el sistema sanitario es bastante equitativo.

Asegurar la igualdad ante la ley y ante los servicios públicos es una obligación ineludible del Estado. Esa es la forma que tiene de corregir las desigualdades que por nacimiento o crianza tiene los individuos, las familias, los barrios, los territorios. Pero no basta la igualdad, que todos reciban lo mismo en las mismas condiciones: deben recibir más los que más lo necesitan. En salud está claro. Las inversiones en prevención han de centrarse en los que están expuestos a más riesgos. Y aunque pueda ser una elección (como fumar, beber, comer más de lo necesario, preferir alimentos menos saludables o no hacer ejercicio) uno está condicionado por el medio. El Estado está obligado a facilitar elecciones saludables y poner obstáculos a las peligrosas. Y si el individuo a pesar de todo tiene una conducta arriesgada que desemboca en un problema de salud, el Estado está obligado a tratarlas. Hemos decidido no exigirle al fumador empedernido el pago de los costes de su atención por enfermedad cardiovascular, o respiratoria, o cáncer. En resumidas cuentas, con el dinero de todos invertimos más en el que más lo necesita. Aunque parte de esa necesidad nazca de su conducta equivocada. La misma política que debe informar las acciones del sistema educativo, el otro gran igualador, quizá el más potente.

La igualdad es una aspiración de la sociedad en abstracto, pero no estoy seguro de que lo sea de los individuos ni de los grupos. Los intentos de crear sociedades igualitarias fracasaron. El más feroz, los Khmer rojos dirigidos por el visionario Pol Pot. Fue el final de los experimentos comunistas. Antes ya había fracasado la Unión Soviética: pronto los jerarcas blindaron sus privilegios frente a un pueblo amordazado y hambriento. Todos somos iguales, escribieron los cerdos, líderes de la revuelta de la granja, pero algunos somos más iguales que otros. Porque, razonan, los que ostentan el poder necesitan gozar de unos privilegios para ejercer sus difíciles responsabilidades. Ellos han invertido tiempo, talento y asumieron riesgos para llegar allí. La sociedad igualitaria que ellos construyen debe compensarles. ¿No es acaso el mismo razonamiento que el del empresario en la sociedad capitalista? Él crea riqueza y empleo con su esfuerzo, su talento, su asunción de riesgos. Que la sociedad le arrebate una buena parte, para distribuirlo buscando compensar las desigualdades que de forma natural se producen, puede percibirse como injusto y contraproducente. Cuánto igualar y cómo es un debate cuyos términos se modifican con el paso del tiempo. No hace tanto que se creó el impuesto progresivo sobre la renta. Un impuesto que en la década de los años sesenta en Estados Unidos llegó a ser del 90% en las rentas más altas ahora no alcanza el 45%. Es un reflejo de la visión que tiene la sociedad de la responsabilidad de los que más tienen respecto a los que tienen menos. En España el IRPF (impuesto sobre la renta de las personas físicas) se establece en 1978 con un tipo máximo del 65%. Actualmente, las rentas por encima de 60.000 dólares tributan el 45%.

¿Cómo tolera la sociedad la desigualdad? Es muy variable como demostró una encuesta que logró entrevistar nada menos que a 60.000 personas de todo el mundo. En España el 24% está de acuerdo con la desigualdad económica existente, mientras que en Japón la acepta el 70% y en Afganistán solo el 3%. El caso de México es interesante. Allí el 1% que más tiene concentra el 50% del total, sin embargo el 40% aprueba esa desigualdad. En España, de forma estable, el 10% que más tiene acapara casi el 60% de la riqueza, mientras el 50% que menos tiene solo llega a reunir algo menos del 7%. En Japón el 10% más rico solo reúne el 40% de la riqueza. Existe desigualdad porque hay ricos y pobres: ¿es justo ser rico? El 40% de los entrevistados considera que los ricos se lo merecen porque trabajan y se arriesgan más, tienen más habilidades y no buscan satisfacciones inmediatas. Sin embargo, el 60% no ve su riqueza legítima porque piensa que buena parte se debe a la suerte, lazos familiares, el egoísmo o las trampas: ¿justificaría eso más impuestos? No, su razón de ser es la justicia social.

Queremos un sistema sanitario público fuerte y competente, ahora más que nunca. Es muy costoso y necesita inversiones. Solo se puede hacer con el dinero de todos mediante impuestos. Es la política social que define el Gobierno con nuestros votos.

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