Suscríbete 1,5 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Coaching

La lucidez en la ceguera

La lucidez en la ceguera

Corre estos días por internet uno de esos vídeos virales en los que la mitad de la gente ve una cosa, la otra mitad ve otra y se genera una discusión en la que unos les dicen a los otros "¿cómo puede ser que no lo veas como yo, si está clarísimo?".

En este caso es un vídeo en el que se ve a lo lejos y a contraluz a una persona balanceándose en un columpio frente a un edificio.

Según como lo mires, esa persona se columpia de espaldas al edificio y, según cómo, se columpia de cara al edificio.

Vi el vídeo por curiosidad y, efectivamente pensé "claramente se columpia de espaldas al edificio ¿cómo puede haber una persona que lo vean de otra forma?"

Entré en los comentarios de la publicación y vi que alguien colgó un dibujo esquemático sobre qué interpretación hacía el cerebro para verlo de una manera o de otra. Con esa nueva información vi de nuevo el vídeo y pasé a ver que claramente esa persona se columpiaba ahora de cara al edificio.

Lo que más me inquietó fue que ya no era capaz de ver el vídeo como lo había visto en un primer momento. Sabía que había otra forma de verlo porque lo había visto así antes, pero me resultaba imposible recuperar esa otra perspectiva. Eso me hizo sentir mucha impotencia, casi rabia. Al mismo tiempo me hizo pensar en los desacuerdos.

Hay temas, por ejemplo en el ámbito de la política, que por mucho que hablemos de ellos, por mucho que discutamos, no cambiamos de opinión. Solemos pensar incluso "cómo puede ser que el otro no lo vea, si está clarísimo, cae por su propio peso". Yo muchas veces pienso "soy incapaz de verlo como la otra persona, no sé qué tengo que hacer para verlo, aunque sea por un instante, como lo ve él".

Esta incapacidad para ver como el otro es el resultado de un sesgo perceptivo como el que evidencian estos vídeos virales. En el mejor de los casos sabemos que hay otra manera de verlo, pero somos incapaces de acceder a esa perspectiva. En el peor de los casos simplemente estamos convencidos de que tenemos razón y de que el otro tiene una especie de tara perceptiva. Siempre recuerdo a una jefa que tuve que, cuando hablábamos de política, me decía "como puedes ser tan listo y pensar como piensas". Pues eso.

Ese mismo día vi la película de Fernando Meirelles Los dos Papas. En ella el personaje de Joseph Ratizinger, el Papa Benedicto XVI, interpretado por Anthony Hopkins, tenía una discusión con Jorge Bergoglio, el que sería el Papa Francisco, interpretado por Jonathan Pryce, sobre cómo debía ser la iglesia. En ella, las réplicas y contrarréplicas, todas ellas agudas y lúcidas, no dejaban que ninguno impusiera su razón sobre el otro.

Ninguno encuentra motivos para cambiar su punto de vista tras la conversación. Sin embargo el personaje de Ratzinger hace, a lo largo de la película, una cosa que a mi modo de ver tiene un alto valor: sin cambiar de opinión, sin ver las cosas en absoluto como Bergoglio, siguiendo absolutamente convencido de que su forma de ver las cosas es la correcta, intuye un pregunta "¿y si la forma de ver las cosa del otro es la que necesita la iglesia?" Y luego hace un acto de profunda confianza, deja vía libre para que esas tesis con las que en absoluto está de acuerdo se pongan en práctica.

Pensé que quizás como sociedad avanzaríamos más rápido si hiciéramos más a menudo las dos cosas que el personaje de Ratzinger hace en la película: tener la lucidez de aceptar que tenemos filtros perceptivos que son invisibles para nosotros mismos y que nos hace confundir realidad con perspectiva y, lo que me parece todavía más valioso, tener la generosidad de confiar de vez en cuando en el punto de vista de otro aunque no seamos capaces de ver motivos para hacerlo. En ocasiones hay algo muy lúcido en confiar a ciegas. Menuda paradoja.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats