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Salud

Los virus invernales

Los virus invernales

Los virus invernales

Todos tenemos la esperanza de que en unas semanas la epidemia de COVID-19 ceda. Hay varias razones para ello. Unas dependen de la subida de temperaturas, que modifica el comportamiento biológico y social de las personas, otras con las del virus. Y otras con la evolución misma. El frío hace que nos refugiemos en lugares calientes. Allí compartimos más un aire que apenas ventilamos. Los microorganismos respiratorios que el enfermo expulsa al ambiente tienen más oportunidades de encontrar un nuevo huésped. Un huésped al que el frío le hace menos resistente: a su nariz le llega menos sangre (para conservar la temperatura de los órganos a 37º C se contraen las arterias que llevan sangre a las piernas, brazos y también a la nariz), así que no cuenta con el ejército inmunológico de los glóbulos blancos para atrapar los virus y bacterias; y esas escobas que tenemos en los bronquios que barren hacia fuera las partículas funcionan mal.

El ambiente frío es menos húmedo. Durante mucho tiempo se especuló con la relación entre humedad y la transmisión aérea de los microorganismos. Desde el neolítico, y quizá antes, se conservan las carnes desecándolas. No sabían entonces que la descomposición la hacen las bacterias y que no sobreviven si no hay agua. Un ambiente húmedo favorece su proliferación. Pero en el aire es diferente. Se confirmó en el año 2007 con varios experimentos. Los virus viajan en las gotas de saliva y secreciones bronquiales. Cuando son grandes, por su propio peso caen al suelo: apenas alcanzan el interlocutor. Si hay humedad en el ambiente, las gotas expulsadas se unen a las del aire provocando su precipitación. Pero si está seco ocurre que se dispersan, se hacen más pequeñas, viajan más lejos, se mantienen más tiempo en el aire. Eso es lo que ocurre, al menos con el virus de la gripe, en el invierno.

La luz puede ser otro factor facilitador de los resfriados invernales. Se debe a que en verano llegan mejor los rayos ultravioleta que son lesivos para los seres vivos. Esta hipótesis está menos demostrada. Otra razón para esperar que el tiempo mejore las perspectivas es la creciente inmunización, si se produce tal como se espera. Los que han padecido la enfermedad, al ser más resistentes a la infección, dejan de ser transmisores. Cuanto menos campo fértil haya, menos virus habrá. El de la gripe tiene más dificultades para reproducirse porque casi el 50% de los mayores de 65 años se vacuna y la población general, con experiencia de anteriores epidemias, adquirió una cierta resistencia. Si como se cree hay muchas infecciones de COVID-19 inaparentes, habrá muchos individuos que ya no forman parte de la tierra fértil.

Veamos, desde el lado del virus, por qué infecta más en el invierno. Un virus es un paquete de proteínas y unos pocos genes envuelto por una capa de lípidos. Esa envoltura grasa en el virus de la gripe es muy sensible a la temperatura. En ambiente frío se comporta como un gel, como una gominola. En cambio, cuando hace calor se licúa. De manera que es muy difícil que sobreviva fuera del cuerpo, literalmente se desparrama. Ese virus invernal llega al árbol respiratorio donde el calor fluidifica su cápsula y se convierte en un colonizador de células donde se reproducirá, provocará mutaciones en ellas y todo tipo de maldades.

He leído la opinión de algunos expertos que centran su esperanza en mutaciones que lo hagan menos agresivo. Su hipótesis es que se trata de una estrategia de supervivencia: si el virus es muy letal, acabará con el medio donde vive. Este virus parece que convive en cierta armonía con los murciélagos. Es porque ambas especies encontraron un equilibrio. Hubo una selección, bien de murciélagos resistentes o de virus poco agresivos para el murciélago o ambas cosas a la vez. Simplemente, porque los muy agresivos al matar al huésped no tienen oportunidad de saltar a otro. Solo se extenderá y sobrevivirá un germen si una mutación hace que una progenie del mutado sea menos letal: esa será la que triunfe. No haría falta llegar a esos extremos. Si el sistema sanitario es capaz de detectar pronto a los infectados con clínica y consigue aislarlos, la circulación del virus más agresivo se dificultará. Si a la vez, como parece que se ha descubierto, una mutación hace que circule uno muy poco agresivo, si infecta levemente o pasa desapercibido, pronto ganará el espacio ecológico porque se reproducirá más. Además, estas infecciones ayudarán a desarrollar defensas que lo serán también, al menos en parte, contra el COVID-19 más agresivo.

Todo esto son especulaciones, hipótesis basadas en el comportamiento de otros virus y la ecología de los microorganismos. Que en China las cosas estén mejorando es un alivio. Confiemos en que el conocimiento adquirido y las medidas que se toman eviten llegar a una situación como la allí vivida. Mientras, tenemos que confiar en las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Y seguirlas. No hay que hacer menos, ni tampoco más, de lo que se nos aconseja.

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