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Oblicuidad

Armani ve 'The crown' en su palacio

Armani ve 'The crown' en su palacio

Armani ve 'The crown' en su palacio

de la media docena de mansiones que Giorgio Armani posee esparcidas por todo el planeta, la italiana Brony es su villa más sentimental. No parece lista para empaquetarla y venderla al mejor postor. Sería imposible vivirla por completo, ni tras haberla habitado durante cincuenta años. Ya conocen la sarta de tópicos, que en el caso del creador italiano adquieren la magnificencia de lo neutro.

Las personalidades que han desfilado por Brony saturarían el firmamento, pero la mansión era también la residencia favorita de la madre del diseñador. Los diarios y revistas de mayor difusión planetaria han disfrutado de la oportunidad de franquear las verjas de la villa italiana, para contemplar al diseñador en sus escasos momentos de intimidad. Las consignas siguen siendo lujo y voluptuosidad pero, una vez que el anfitrión ha cumplimentado a sus distinguidos huéspedes, el reportaje nos acondiciona para la escena final.

El día se acaba, y roba la energía a sus protagonistas. Armani conoce uno de sus escasos momentos de ocio, bordeando quizás el aburrimiento. En ese momento se le aparecen sus 85 años, así que se acurruca en su sillón favorito, pone en marcha el sistema de reproducción y en la pantalla aparece un capítulo de The crown. El diseñador exige silencio y concentración absolutas. Es decir, ha compendiado la elegancia humana para acabar rendido ante una teleserie sin duda cautivadora, pero al alcance de millones de espectadores en los ambientes más dispares del planeta.

La democratización del gusto no radica en que los 7.500 millones de terrícolas aspiren a ser vestidos por Armani, sino en que el billonario creador participe de su entretenimiento. Si puedes sentarte en un mullido sofá ante el biopic de Isabel II, estás cumpliendo la velada más deseada por un hombre, o una marca, que ingresa millones de euros diarios para compartir su idea del despilfarro.

La tentación del cocooning, de aislarse de la turbulencia ambiental, no define en exclusiva a Armani. La inglesa Tina Brown consolidó a finales del siglo pasado el ambiente de fiesta perpetua que alcanza en el italiano su máxima expresión decorativa. Sin embargo, la directora de Tatler, Vanity Fair y The New Yorker no se explica aquella incesante excitación de sus años de esplendor, "ahora que solo pienso en que llegue la noche para tenderme bajo el edredón recorriendo la oferta de Netflix".

Se puede concluir que el envejecimiento es una reducción a la mediocridad, pero también que los placeres más cotizados están al alcance del máximo número de personas. Al fin y al cabo, la primera ley del consumo establece que Obama bebe la misma Coca-Cola que tú. (Los votantes de Trump pueden trasladar el enunciado a su líder, con Coca-Cola light).

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