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Diario de Mallorca

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Desde Grecia

Paxos mon amour

Un paseo por la isla de Paxos. juan rigo

Hace un par de semanas, decidí, en un pronto inhabitual, subir hasta Paxos, una isla deliciosa, la más pequeña de las que componen el núcleo duro de las Eptanisi, las siete islas. Siete con nombre propio, desde Corfú hasta Citera, de norte a sur, pasando por Paxos, Lefkada, Ítaca, Cefalonia y Zante, bañadas por el Jónico. En realidad son muchas más, pero las que cuentan son estas.

Aprovechando unas condiciones meteorológicas que invitaban a la navegación, abandoné por unos días mi jardín secreto y puse rumbo al norte, hasta Paxos. Cuarenta y pocas millas de travesía. Ceñida a la ida y popa garantizada a la vuelta, cosas del Maistro, el viento dominante aquí en verano.

Llevaba tres años sin pisar Paxos, y excepto en un ya muy lejano 1992, nunca lo había hecho en pleno estío. Pero como uno es optimista por naturaleza, y llevaba unos meses sin moverme de mi zona de confort, en torno a Ítaca, imaginé, tremendo error, que cerrando ya el agosto, la diminuta Paxos habría recobrado ya en parte la tranquilidad.

Craso error. Por un momento me creí en la Eivissa de hoy, mega yates por todo -pijoyates en la acertada acepción de Pérez Reverte- neumáticas híper motorizadas, gigantescos catamaranes y las inevitables motos de agua convirtiendo el paraíso esperado en una terrible pesadilla. Y lo que es peor una falta de "cultura" marítima, de saber estar, comportarse, en el mar, especialmente enervante.

No se inquieten, no voy a entrar en detalles, no quiero abrumarles con mis tribulaciones de pequeño burgués. Me ceñiré al relato que culminó en un mágico instante, compensando con creces mi decepción inicial. Resumo: la travesía transcurrió sin incidencias, navegación agradable -aunque por el número de embarcaciones que cruzaban en todos los sentidos ya podía ir imaginando lo peor- evité fondear en Anti Paxos, estaba todo petado, y me refugié para pasar la noche en el limitado abrigo de Mongonisi, a escasas dos millas de Gaios, la capital. A la mañana siguiente, extremando la prudencia, salí pronto hacia el puerto principal para intentar pillar sitio, aquí no hay Marinas, ni se reservan espacios. Encontramos hueco sin problema -a mediodía están todos en la playa- fondeando por popa en el muelle viejo frente a las terrazas.

El día salió luego rodado, conseguí mesa en el Taka-Taka, absolutamente recomendable, unos salmonetes espectaculares y la sobremesa, rematada con un sublime paseo vespertino, compensaron la desilusión de la llegada. Pero el momento inolvidable llegó ya entrada la noche cuando de repente abrieron las espitas de los vertidos, aguas sucias, y un perfume inconfundible me transportó de nuevo a Eivissa, pero a la Eivissa de los años 60. La insondable memoria olfativa me sumergió en aquellas primeras navegaciones nocturnas cuando nos acercábamos a tientas a la costa y el terral transportaba ese olor especial de la rada eivissenca antes de que la silueta inconfundible de Dalt Vila se recortara en la noche luminosa.

Un perfume similar, aunque la paleta odorante escatológica es muy amplia, al que de niños en Palma podíamos respirar -según la hora y la dirección del viento- cerca las murallas, desde la Calatrava hasta la catedral. Solo que esos vertidos que guarda celosamente nuestra memoria nos remiten a unas Balears, a una Mallorca, que nada tiene que ver demográficamente con la actual. La población se ha multiplicado por X, no entremos en cifras, y centrémonos en el problema. Desde aquí de nuevo aporto mi apoyo incondicional a J. C. Llop en la lucha por una causa concreta, "¡Salvem Can Pere Antoni!". El Mediterráneo vendrá después.

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