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Oblicuidad

Mi violento choque con lolo rico

Mi violento choque con lolo rico

Mi violento choque con lolo rico

Alguien tuvo la idea de emparejar a Lolo Rico y a su seguro servidor en el cartel de un acto a celebrar en el Gran Hotel palmesano. Fue un error de casting, la creadora de La bola de cristal me importaba un bledo antes de la charla, aunque logré que ella pasara de la indiferencia al odio absoluto hacia mi persona. Abordábamos en teoría el asunto de la violencia, empecé por recordar su inevitabilidad desde el momento en que somos fruto de la lucha despiadada entre miles de espermatozoides con un solo ganador.

Era un argumento trivial para cualquiera que no fuera Lolo Rico, o las decenas de espectadores sin duda pacifistas, que huyeron despavoridos de la sala tras mis palabras. A la desdeñosa respuesta de la televisiva solo le faltó la violencia física que sin duda me merecía, y que solo me ahorró porque hubiera sido impropia de su indudable categoría.

Si el acto se celebrara hoy, me centraría en el hundimiento de House of cards en Netflix, tras retirar a Kevin Spacey del papel de Frank Underwood. Preguntaría a los bienaventurados asistentes quién les va a explicar la expulsión sin duda imprescindible a las decenas de trabajadores que perderán sus sueldos medios tras el fracaso de la serie, un avatar que no afecta a Oprah Winfrey, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd y demás víctimas de postín.

Los seres binarios se niegan a responder preguntas así y, aunque parezca imposible, el amontonamiento acrítico de nobles verdades aceptadas sin rechistar nos trae el populismo y plagas peores. Si no nos autoexaminamos con saña, alguien lo hará por nosotros. Todo esto no pude decirlo ante Lolo Rico, porque los espectadores huían a manos llenas ante mis monsergas.

Ni siquiera este artículo podría drenar lectores a una velocidad semejante y, agárrense, era una sensación liberadora. Por fin entendí en qué consistía el poder. No querría parodiar a Michel Houellebecq, pero cada oyente que pierdes cuando estás pronunciando obviedades y no desafíos te libera. Te dan ganas de gritar más alto para acelerar el ritmo de fuga. Casi me atreví a pedirles el voto para un partido determinado, que sería Vox de haber existido.

Perseguir el éxito implica sumisión. No renunciamos al rebaño, solo queremos pastorearlo. Dado que los protagonistas de la desbandada habían acudido al acto por Lolo Rico, todavía tenía más mérito que su desprecio a mi discurso les impidiera disfrutar de su diosa. Ahora que lo reviso, estaba saboteando un acto ajeno, con el placer culpable del pirómano. Y con la frustración de no haber sabido repetir la labor incendiaria en tantos años. Cuesta encontrar un detonante como Lolo Rico.

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