Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Oblicuidad

William Goldman, el guionista que lo sabía

William Goldman, el guionista que lo sabía

La película pertenece al guionista desde que así lo decretó Gore Vidal, y William Goldman fue su mejor profeta. El autor de Marathon Man, novela y guión, ganó sendos Oscars por Dos hombres y un destino

y Todos los hombres del presidente. De nuevo con libro y libreto, el relato iniciático de La princesa prometida le otorgó un aura mitológica. Además, nos regaló aquí a Robin Wright para la eternidad.

Si alguien concluye que Goldman ha sido el mejor guionista de la historia, y por tanto el mejor autor de dicho periodo, sería difícil enmendarle la plana. Joe Esterzhas desmentiría esta proclamación a puñetazos, basándose en que obtuvo más dinero por sus diálogos. Sin embargo, el escritor de Instinto básico ganó cifras millonarias gracias a que su precursor alcanzó los cientos de miles con la peripecia de los bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid, descarnados por Paul Newman y Robert Redford.

Cuesta encontrar una lista de las cien mejores películas de todos los tiempos que exceptúe los dos títulos que le valieron una estatuilla a Goldman. Aunque he recibido el impulso inspirador de la crónica del Watergate, en mi relación del centenar de títulos figuraría Dos hombres y un destino entre las diez de cabeza, y Marathon Man en posición más discreta.

Goldman viene de morirse, sin apearse de su rango de neoyorquino que odiaba a Hollywood solo un paso por debajo del desprecio que sentía hacia sus próceres. Firmó dos ensayos sobre la industria que reflejan su grandeza multigenérica, pero que le condenaron a algo parecido al ostracismo. Sin embargo, todos reclamaban al maestro cuando un guion ajeno requería un cirujano de hierro.

El escritor de guiones debió doblegar al sistema, para que aceptara su concepción de una película en que ambos héroes mueren tras cometer todos los crímenes imaginables. Y sin embargo, el resultado constituye una exaltación de la aventura humana. A Goldman le obsesionaba perder a los espectadores, lo cual no le evitaba incurrir aquí y allá en este error. Por ejemplo, en la indigesta película en que el espectador deseaba que los leones devoraran a Michael Douglas.

Hollywood nunca le perdonará a Goldman que sintetizara el séptimo arte en tres palabras. "Nadie sabe nada", asumió socrático, en el sentido de que "ningún ejecutivo puede adivinar con certeza si algo va a funcionar". Sin embargo, esta convicción desoladora catapultaba una pasión casi obscena por la exactitud. Tras la aparente facilidad de sus películas, se hallaba un conocimiento exhaustivo de las escasas emociones humanas, que había taxonomizado con el rigor de un naturalista. Nadie nos escribirá como Goldman desde la pantalla.

Compartir el artículo

stats