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Impresiones otoñales

Médicos

Médicos

Por muchos premios literarios que recibiese mi padre, que abundaron, en mi familia no se veneraba la literatura. Se veneraba a los médicos.

Aunque hay que advertir que, en la postguerra española, una y otra cosa iban de la mano. La profesión de médico estaba hasta tal punto unida a la de escritor que era costumbre que a quienes tenían el carnet de prensa los doctores no les cobraban la consulta. Y no es eso todo. Una de las más importantes guías que tuvo mi padre en sus primeros pasos por los senderos de la literatura fue la de Pío Baroja, que era médico aunque no ejerciese. Ejercía, y de qué manera, Gregorio Marañón, quien habría de prologar al cabo una de las novelas más importantes de Camilo José Cela, La colmena. Por cierto que mi padre le pidió Baroja que le prologase La familia de Pascual Duarte y, tras leerla, don Pío se negó. Lo dijo algo así como "usted es lo bastante joven como para ir a la cárcel pero yo no". Corrían los tiempos que corrían, con Franco como dictador y, que yo sepa, la censura cayó sobre no pocos de los libros de mi padre. Fue Fraga Iribarne quien, al llegar al ministerio de Información y Turismo, autorizó por fin que se vendiese La colmena en España.

Marañón era una referencia en casa de mi familia para muchas cosas. Mi madre me decía a menudo que si no mejoraba de modales a la mesa nunca me invitarían a comer en casa de Marañón. Como jamás fui, se ve que mi educación mantuvo demasiadas lagunas. Confesé ese pecado ante el auditorio que la Acadèmia de Ciències Mèdiques i de la Salut de Catalunya i Balears, es decir, su delegación del archipiélago, reunió al invitarme a dar la conferencia de inauguración de este curso.

Mi mujer, que es médico, se lamenta a menudo de que el enorme nivel de cultura literaria que tenían hace medio siglo los galenos se esté perdiendo. Una de las razones esenciales que justifican la existencia de instituciones como l´Acadèmia, que es como abrevia su nombre la de estas islas, consiste precisamente en mantener vivo el fuego existente en los años aquellos en que mis padres llegaron a Mallorca y, ¡oh casualidad!, se rodearon de numerosos amigos entre los que destacaban los médicos.

Pero l´Acadèmia debería cuidar sus iniciativas. Como el doctor Miquel Roca es muy amigo mío y, por añadidura, presidió esa academia, parece que convenció a su sucesor para que me invitase a hablar en ese foro tan distinguido nada menos que de la actividad cerebral que se produce cuando hacemos algunas de esas cosas propias de nuestra forma de ser, que incluye los logros de locos con el oficio de escritor pero también los de otros dementes que se dedican a la pintura. Nadie sabe nada en realidad con precisión suficiente cómo alcanza el cerebro nuestros constructos mentales. Amparado en esa ignorancia, me atreví a decir cuatro banalidades. Vuits i nous, i cartes que no lliguen, como suele decir mi amigo Roca.

Me sentí como en familia rodeado de médicos, y lo dije. Tuve suerte: los modales de los académicos, que les habría permitido sin duda ir a comer a casa de Marañón, hicieron que me aplaudiesen y hasta plantearan alguna de esas preguntas que no sabemos -no sé- responder. Poco importa. Por unas horas me sentí transportado a la Mallorca de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, ésos mismos que tanto añoramos.

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