Siempre me sorprenden y siempre lo hago notar, el interés y la movilización poco comunes, que, de pronto, algunos temas, misteriosa o imprevisiblemente, logran despertar. Lo señalé cuando hablamos de la postergación de la mujer, y lo repito ahora, dos semanas después de compartir con todos aquella pequeña encuesta sobre los ganadores o perdedores de la interminable lucha entre el bien y el mal.

No desconozco los horribles hechos que nos preocupan, pero tampoco ignoro que compartimos el planeta con millones de personas que trabajan con pasión a favor de una mejor calidad de vida de sus congéneres. Hombres y mujeres que anónimamente distraen horas de su propio tiempo de descanso o de diversión para consagrarlas a la tarea solidaria, distribuyendo alimentos, enseñando a leer, ocupándose de problemas como el abuso de drogas o la mismísima violencia de género que nos trajo a este tema.

En casi todos los países del mundo, la gente se queja, no sin razón, de la vergonzosa indiferencia de los gobernantes frente a los problemas de los más postergados, cuando no, aun peor, del dudoso destino de algunos bienes públicos, originariamente destinados a beneficiar a los desposeídos.

Indiferencia, corrupción, venalidad, ignorancia o deshonestidad, poco importa el calificativo que le pongamos a la ignominia. El dolor de los más débiles nos duele a muchos. Demasiada gente sufre en el mundo las consecuencias de las guerras, del hambre y de la desesperación. Y sin embargo estoy convencido, o quizás encaprichado, en creer que la humanidad recuperará el rumbo perdido de una mayor equidad y justicia si cada uno asume su cuota de responsabilidad.

Y la preocupación que el tema produce, parecen demostrar que no todo está perdido, y que aquella cuña de la desesperanza de la que hablábamos hace unos días no se ha metido en muchos de los que leemos este periódico. Miles de organizaciones no gubernamentales, que complementan o reparan dentro de sus posibilidades algunas de estas carencias oficiales en el campo de la ayuda social y solidaria.

La llave quizás esté en volvernos cada vez más capaces de repetir lo que aprendemos, o lo que es lo mismo, en compartir lo que recibimos, sin por eso dejar de valorarlo o de disfrutarlo. Hacer realidad la propuesta del poeta argentino Hamlet Lima Quintana:

"Hay que llegar a la cima, arribar a la luz,

darle un sentido a cada paso,

glorificar la sencillez de cada cosa,

anunciar cada día con un himno.

Hay que subir dejando atrás el horror

y los fracasos,

arrastrarse y horadar la piel para ascender

y cuando por fin lleguemos a la cumbre

entonces... darnos vuelta

y estirar las manos hacia abajo

para ayudar a los que quedaron rezagados".

No es necesario enarbolar demagógicos discursos que proponen llegar "todos juntos" a la cima. No parece útil atenerse fanáticamente a las imposibles utopías de "todos o ninguno". No sirve que nos tiremos todos al agua para salvar al que se está ahogando. Alguien va a tener que quedarse afuera, alguien va a tener que tirar la soga, alguien va a tener que sujetarla...

Vamos hacia delante, cada uno hasta donde pueda, a pelear por ello y a poner nuestro corazón al servicio de ayudar a los que todavía no tienen lo que nosotros conseguimos. Como lo dice muy bien Marcos Aguinis, el amor nos permite avanzar con certeza. Permitirnos aprender de otros acelera y facilita nuestro viaje.

Le cuento un hecho real.

La madre Teresa de Calcuta llegó un día a Seattle para hablar de los "sin techo". Cuentan que al bajar del avión, una limusina blanca la estaba esperando al pie de la escalerilla para llevarla a uno de los mejores hoteles de la ciudad. El responsable de la invitación era un poderoso empresario de la ciudad, que se decía fanático admirador de la obra de la religiosa. Cuando la Madre Teresa de Calcuta se enteró de su oferta la agradeció y la declinó cortésmente, diciéndole que no se sentiría cómoda en uno de sus hoteles si había venido a la ciudad a hablar de los hoteles. El hombre le dijo que lo lamentaba pero comprendía, y le rogó que, por lo menos, aceptara su invitación a cenar en su residencia. La Madre Teresa volvió a agradecer y le dijo que no, que ella había venido por los desposeídos, por los que pasaban hambre en las calles de las ciudades y no quería hacer otra cosa. El hombre se sintió decepcionado, pero con genuino interés preguntó si había algo, cualquier cosa, que él pudiera hacer por ella? La respuesta fue:

"Ya que tanto lo deseas sí hay algo que puedes hacer por mí. Sal en tu auto, mañana muy temprano, recorre tu ciudad y encuentra a alguno de los que duermen en los zaguanes cada noche, no te será difícil. Cuando lo veas, baja del auto y siéntate a su lado. Quédate allí y habla con él todo el tiempo que sea necesario hasta que lo convenzas de que no está solo".

Quizás ese sea el primer paso que nos debemos como sociedad, hacerle saber a los que más sufren, que no están solos.