A la Fira del Llibre de Palma, a sus veinticinco años, que son pocos para una persona, improbables para un gato y un montón para una feria, la han vuelto a cambiar de sitio. Ahora la han puesto, sólo hasta hoy, en el recién inaugurado Parc de ses Estacions. Rectifico: esto que llaman el Parc de ses Estacions. Como la Setmana del Llibre en Català, aunque quizás no tanto, la Fira del Llibre anda peregrinando y yendo de mano en mano, como la copla, como si no la quisiera nadie: hace tres años en el Born, el siguiente bajo la estatua de Jaume I, el año pasado en el Born otra vez, pero con las casetas giradas. A uno le parece que debiera hacerse siempre en el Born, su escenario de siempre, el (que fue) corazón de la ciudad, pero por lo visto no hay manera.

El pilar con base de triángulo que anuncia la Fira lo han vuelto a poner de pie, lo he visto un par de veces por los suelos, supongo que para que no lo tirara el viento. De todas formas a la feria se puede entrar por aquí, o por en medio, por la terraza del café, con macetas, o bordeando la fea bajada a la estación subterránea, o por los costados. En cualquiera de estos casos uno se encuentra, claro está, libros, muchos libros, extendidos en ligera pendiente sobre los mostradores. A diferencia de los gatos y de las personas en la playa, los libros van siempre vestidos, con su tapa de cartón más o menos gruesa, según el lujo de la edición, cubriendo sus hojas; porque las hojas las llevan por dentro, como las procesiones, no como llevaban las hojas, dicen la tradición que de parra, nuestros primeros padres (o madres).

La Fira del Llibre, en esto que llaman el Parc de ses Estacions, forma una especie de pequeño pueblo, con dos hileras de casetas y una plaza, a la que asoma la sala de actos. Los edificios de las viejas estaciones le dan un vago aire colonial y las paradas, azules y blancas, te hacen pensar, tal vez, en la mar y en las olas, aquí, donde la mar parece tan lejos, aunque no lo esté, y el asfalto tan cercano. Como me temía, en las primeras horas de la tarde pega el sol de modo considerable, más que nada porque en el Born hay árboles y aquí no, parece; cosa rara en un parque, aunque ésta es más bien la explanada que lo precede. Al anochecer, en cambio, antes de que cierren, puede recorrerse a mejor temperatura.

Piratas, brujas, gatos y otros seres misteriosos habitan las cubiertas de los libros para los más jóvenes, qué envidia. Hasta les colocan una mesa y unas sillas a su altura, para que lean. También a los autores que ese día firman, les ponen la mesa. Sobre los mostradores, enfundados con la bandera cuatribarrada o con "roba de llengos", novelas históricas o de enigmas, cocina para torpes, los Nóbeles Pamuk o Saramago, los poetas Pons o Benedetti. Y amazonas con camiseta y con vaqueros (son las mujeres las que leen), a la caza de volúmenes jugosos.