Odio las noches en que todo sale mal. Hay días sin donut que tendrían que desaparecer del calendario. Conversaciones que deben caer en el olvido. Caras que no merecen recordarse. En una noche en que el calor apretaba las neuronas, me sirvieron una cena fría después de una hora de espera. Tras esta falta de consideración, di un paseo a la luz de la luna que, finalmente, consiguieron perturbar los que protegen la intimidad de personajes públicos. El otro día salí y casi me arrepentí.

Menudo día el de Florentino Pérez. Debe ser cansado llegar a la residencia de verano, Pitina sobre el mar, con su señora y su perro. Sobre todo porque tuvo que esquivar a un batallón de prensa deportiva preocupada por el futuro de Etoo. Meditar sobre la cantidad justa capaz de convertir al jugador en un galáctico en desuso, o bien para transformar a la máxima figura del Mallorca en un préstamo para otro equipo. Con estos pájaros en la cabeza está claro que Florentino Pérez debió tener un mal día. Eran las once y media de la noche cuando llegaba con su mujer de cenar. Aparcó el coche frente a su barco, la continuación en la saga Pitina, y allí se quedó con unos amigos a comentar la jugada. Pasear al perro a las doce de la noche es síntoma de un exceso de trabajo o de disfrutar de vacaciones en el mar. El problema llegó cuando el recorrido de su paseo se cruzaba con el mío, sus guardaespaldas me confundieron con una fan desesperada de Etoo y me retuvieron por miedo a presionar al directivo en su toma de decisiones. Pero si ya lo sé, "me lo dijo Pérez que estuvo en Mallorca". Etoo no quiere ir de prestado.

Tras explicarle a ese señor desconocido que sólo quería hacer la digestión para no tener ningún recuerdo de la cena, y que los problemas de Etoo me traen sin cuidado a esas horas de la noche, me dejó marchar. Proseguí mi paseo, ya algo perjudicada. Minutos más tarde, en el máximo apogeo del calor, un nuevo señor, volvía a interrumpirme el paso. En ese momento pensé que vomitar sería la solución más rápida para esa terrible digestión. "¿Qué sucede ahora?", pregunté desesperada. "A mí ni siquiera me gusta el fútbol", le dije. "Es que están aquí los Reyes y no quieren que lo sepa nadie", me señala uno de sus guardias. Me sobraban las palabras.

Don Juan Carlos y doña Sofía acompañados por tres amigos privilegiados volvieron a sus costumbres de verano: cenar en la terraza del Flanigan. Él con su aire desenfadado de quien se siente como en casa, con una camisa azul y muy sonriente; y ella, también vestida del mismo color, charlando mientras jugaba con un perrito yorkshire que estaba sobre su regazo. Miro la estampa, estaban muy entretenidos. Se me ocurrió sacarles una foto, pero mi desechable asustó a la vigilancia y por poco me detienen, así que callé mis pretensiones de pedir un autógrafo y dejé caer la primera lágrima llamada Desconsuelo. Cuando me soltaron tomé una seria decisión, salvaguardar mi intimidad y celebrarlo con una sobredosis de Martinis. Marché hacia mi refugio del verano. En Pachá, las caras familiares fueron muy amables. Entre Gasol y Navarro, jugadores de baloncesto, encontré la sencillez de los deportistas de élite.