Elías Torres, uno de los arquitectos de mayor prestigio, nacido en Eivissa, comparte despacho con José Antonio Lapeña. Ambos han rubricado el proyecto de restauración y rehabilitación del Passeig de Ronda-Murades de Palma, que les ha valido el reconocimiento de sus colegas, los arquitectos de Balears. Su trabajo en las murallas de la ciudad, en el baluarte de Berard y en la cercana plaza Llorenç Villalonga no es más que la continuidad y conclusión de aquel proyecto que en el 86 cambió la fisonomía del espacio inferior de la Catedral y el Palau Episcopal, Ses Voltes.

El paso del tiempo no ha desvirtuado ni restado significación a aquella primera fase que se saldó con el sí de la ciudadanía, a excepción de alguna voz más cercana a criterios conservacionistas y de extremo purismo con el entorno monumental de Ses Voltes. La malla tejado que Torres utilizó en el 86 es hoy ya un elemento que habla de Palma.

-¿Qué ha significado regresar para continuar un proyecto que data del 1986?

-El proyecto de 1981 fue una obra pensada para hacerse en etapas, por tanto, en fragmentos. En aquel momento colaboró el ministerio de Obras Públicas con el Ayuntamiento de Palma -el alcalde de la ciudad era Ramon Aguiló, del PSOE-. Estas fases forman parte de una visión global, por tanto, pese a los años, el hecho de hacerla ahora sigue siendo parte de esta idea general.

-¿Se ha intentado continuar en esa 'alfombra común' y cómo hacerlo sin que el paso del tiempo implique otra visión? ¿Hasta qué punto un proyecto anterior ha condicionado el actual, ahora premiado?

-Hay una actitud común que forman elementos que se repiten para dar continuidad. El pavimento que utilizamos, y al que ya se conoce con el nombre de 'Palma', es básico. No hay que perder de vista que la muralla tiene unidad continua, pero la fachada de la ciudad no es unitaria, por tanto el proyecto para la Catedral y el resto de lugares monumentales es distinto al de la Calatrava.

-¿Cuál ha sido el elemento más significativo y a tener en cuenta en su actuación?

-La doble apariencia de la ciudad mirando al mar influye. El Baluard de Ses Voltes es más autónomo y distante que el de la catedral y Palau Episcopal, no ligados al paseo de la Muralla que hemos trabajado ahora. La ciudad no miraba al mar en el 76, cuando se recuperó aquel espacio que era de los militares. Ahora se mira al mar. En la Calatrava hemos intentado que las plantas bajas reactiven sus usos y que haya actividad vital que hasta ahora no había, bares y lugares asumidos al propio barrio. En la bajada de la calle Portella ya se consideró el tema de las plantas bajas de uso, sólo que el tratamiento del pavimento era distinto porque se trataba de una desembocadura de calles. El ombús condicionaba la circulación de plaza rodada, así que se hizo plataforma elevada hacia el mar.

-¿Cuál es el mayor riesgo a la hora de intervenir en una zona histórica y a la vez muy utilizada por la ciudadanía?

-En cualquier intervención siempre hay un riesgo. Al final resulta que las intervenciones realizadas casi desaparecen como el toldo que se hizo en Ses Voltes, un elemento muy significativo y útil que logra hacer un lugar de sombra.

-¿Cómo convive la arquitectura contemporánea con la histórica o monumental?

-Lo contemporáneo revitaliza los elementos históricos por el hecho de convivir con ellos. Esto es lo que siempre hace la arquitectura.

-Rafael Moneo dijo hace unos días que "en arquitectura, a veces es mejor hacer poco". Se refería a su proyecto en Son Fortesa en Alaró. ¿Qué opina?

-Hay que hacer muchas cosas pero saber quienes son los protagonistas del espacio, pero si uno subraya lo existente es como dejar huella. Actuar es darle vida. Si uno revitaliza quiere decir que estas obras dejan de estar esclerotizadas. Un edificio gótico es contemporáneo porque lo usamos.