La cautela, la mesura, el respeto, la sabiduría son útiles, también, en el habla de Rafael Moneo. El arquitecto conoce a fondo Mallorca, la quiere y no lo oculta. No por ello es ciego a los zarpazos de la depredación o el llamado desarrollo. Sólo que el premio Pritzker considera que no puede "entrar en el debate sobre las infraestructuras a utilizar porque es decisión que corresponde a quien vive en la tierra". Sin embargo, Moneo se expresa entre líneas.

"Vengo a una isla atraído por ella y siento pudor de hablar de ella, porque eso corresponde más a los que pertenecen a esta tierra que a los que sólo nos acercamos. Si hay que dictaminar los modos de intervención, no puede obviarse que la isla tiene fragilidad, que se resiente de las infraestructuras potentes. Pero ¿quién se atreve a decir? Los medios tienen que ser más modestos. No sé, en las carreteras no es necesario que circulen autobuses de dos pisos, bastan más pequeños".

Residente en Mallorca desde hace ya bastantes años, se resiste a ver la isla bajo el paraguas o etiqueta de 'isla-ciudad'. Su respuesta es clara: "Parte del encanto de la isla es no romper el concepto de distancia. A mí en una isla me gusta que los lugares estén distantes, no que todo el territorio esté tan comunicado, que sea una ciudad porque hace olvidar el encanto de la distancia. Y el encanto de Mallorca es no ser una isla pequeña. La sensación de distancia es hermosa; si se rompe no lo veo como un bien".

Considera, además y así lo escribe en el prólogo de Mallorca boom, que "la arquitectura de Mallorca está muy ligada a la razón y a la dignidad".

Piensa las respuestas Rafael Moneo, incluso en improvisadas conversaciones y pese a acusar el cansancio del traslado de Madrid a Mallorca. En Son Fortesa, en Alaró, se ve su impronta, se respira, aunque como él mismo indica, "la naturaleza, el paisaje agrario de esta finca ya lo daba casi todo hecho".

Su presencia en el debate, organizado por Camper-Son Fortesa y titulado Mallorca ¿isla metropolitana?, se ajustó a su intervención en la finca. "Fue mínima. Estamos ante la buena disponibilidad, la indiferencia funcional, hacerse cargo de que hay que utilizar la arquitectura sin caer en la repetición de los usos", convencido de que "si éstos se repiten, uno cae en mundos acabados y entras en la realidad de los parques temáticos".

Sólo basta pasear por Son Fortesa y después entrar en la huella dejada por el arquitecto para apreciar que ha trabajado guiado por una idea clara: "Lo que es importante en arquitectura es hacer poco, y en Son Fortesa qué es lo propio, lo auténtico, qué significan. El utilizar todas estas arquitecturas sin la mímesis de lo que eran es su tabla de salvación".

A cualquier intervención en un edificio de calado social amplio le sale al paso la controversia. La reforma en el Museo del Prado no ha sido ajena a esta casi ley humana. Sin embargo, como el propio Moneo recuerda, esos no son graves: "Vencidos los momentos más difíciles, y no me refiero a la polémica, sino a los de la construcción, estamos en el momento de acabado. Espero que se concluirá en la primavera de 2005. Me gustaría que la gente reconozca lo que yo creo, que ha sido un proyecto adecuado, justo e independiente, que mantiene la identidad del museo". Y concluye con un lógico anhelo: "Que el visitante se encuentre en un museo que reconozca y, a la vez, que vea todo lo nuevo que se ha hecho".