La playa de Alcanada es un ejemplo para reflexionar. ¿Hay paisajes "mejorables"? ¿Algunos cuidados pueden llegar a ser letales?

Los que conocemos el lugar desde hace años hemos notado el cambio. Esta cinta costera situada cerca del Port d'Alcúdia era famosa por la transparencia de sus aguas, la sombra de sus majestuosos pinos, y el ambiente familiar. Todo ello formaba un conjunto sin parangón en la isla. Acentuado por el hecho de que a partir de ahí comenzaba una zona virgen de bosque y acantilados.

Curiosamente, siempre ha sido una playa de mallorquines. Los turistas se quedaban en los amplios arenales de la bahía. Sólo los iniciados seguían la carreterita, pasaban el núcleo residencial con su restaurante y el hotel, continuaban después por la ruta que acababa en seco frente al Illot d'Alcanada con su faro.

Pero el progreso, el avance de las urbanizaciones, la masificación, ha llegado incluso a este remoto rincón. Las extensas instalaciones de un golf han alterado por completo el antiguo equilibrio entre la playa y el paisaje. La antigua carretera, que era incómoda y difícil para el aparcamiento, ha sido sustituida por un paseo ornamental. Pero hay algo en su diseño, quizás la presencia obsesiva de piedra, que parece ancogojar la ribera: echar a los playistas hacia el mar.

A ello hay que sumar el agostamiento de los grandes pinos. Sobre todo los más cercanos a la punta del islote. Esa sí que es una gran pérdida. Con aquellas ramas frondosas acariciando el mar, Alcanada parecía una catedral de las sombras. Se mezclaba el olor a resina y pinaza con el salitre. Debajo de sus anchas espaldas se cobijaban esas familias que son la principal característica de la playa. Varias mesas plegables juntas, una familia de ocho o diez personas, con la radio, "sa padrina i es canari" colgando de una rama. Una imagen que recuerda otros tiempos, cuando las playas servían de lugar para la paella o la comida familiar.

En ese aspecto, el esparcimiento un poco tribal sigue como antes. Pero circunscrito a su parte inicial, donde los pinos todavía resisten.

Alcanada ofrece una variedad de paisajitos, si se la conoce bien. Al llegar, está la ribera de la posidonia. Ideal para practicar el wind-surf y con pocas apreturas. El agua es tan apetecible con en las otras zonas, pero la orilla no parece tener tanto éxito entre loa asistentes. No obstante, la visión de esa bahía perdiéndose a lo lejos, con las barcas mecidas por el embat, resulta muy hermosa.

Viene después la zona paralela al paseo. Más ancha en su primera parte, con los pinos. Allí donde se instalan los paelladores. La orilla está más concurrida, y conforme avanzas la playa se va estrechando y estrechando hasta quedar convertida en una ribera casi testimonial. Con muy pocos metros cuadros de espacio útil. Los viejos pinos se han convertido en cadáveres leñosos, blanqueados por el sol, levantando al cielo sus brazos desnudos como si implorasen una piedad que no les llegó jamás.

La arena es un poco oscura, y se mezcla con guijarros. El talud resulta ideal, ni demasiado profundo ni largo en exceso. Eso explica que sea una playa adecuada para adultos y niños en igual medida.

Finalmente, queda una parte de gran belleza. Mi preferida. Llegas al final de paseo y te encuentras en una punta desde la que pareces poder tocar el islote con la punta de los dedos. Por las noches, la linterna da vueltas perezosamente, emite una luz larga y pausada. como si el faro fuera consciente de su relativa importancia.

Allí se divisa un pequeño embarcadero, y es un lugar poco cómodo para el baño. Por eso hay poca gente que se aposte en esa zona. Pero en cambio, ofrece una pequeña vivencia de finisterre, aunque muy modesto. Un paisaje que parece recién salido de un cuadro.