Reumatología

Gota: siete cuestiones que te sorprenderán

Una dieta muy alta en carnes o la obesidad son algunos de los factores de riesgo de esta enfermedad

15.11.2014 | 16:16
Un paciente padece gota.
Un paciente padece gota.

La enfermedad de la gota se produce cuando existen depósitos de cristales de urato de sodio en las articulaciones y sus alrededores y puede dar o no síntomas. Se suele diagnosticar cuando se producen episodios de artritis aguda muy intensa aunque puede ser también una enfermedad no sintomática.

Según explica Fernando Pérez Ruiz, vicepresidente de la Sociedad Española de Reumatología (SER), la gota se puede curar y también se puede prevenir su evolución y las posibles secuelas de la enfermedad.

"Cuando la concentración de urato de sodio en la sangre se encuentra por encima del límite de saturación se forman cristales que el sistema inmune innato reconoce como cuerpos extraños", explica Pérez Ruiz, especialista en Reumatología del Hospital Universitario Cruces de Vizcaya e investigador del Instituto de Investigación Biomédica BioCruces.

Si nuestras defensas no pueden controlar los cristales de urato existentes se produce una inflamación crónica que puede conducir a graves lesiones en algunos casos irrecuperables de no tratarse a tiempo.

El doctor Pérez Ruiz nos descubre algunos aspectos sobre la gota no tan conocidos como la dolorosa inflamación del dedo gordo que sufren durante el ataque agudo de la enfermedad algunos de los pacientes.

1. ¿Para qué sirve el ácido úrico?

Existen diversas teorías sobre la función del urato de sodio, que en la orina se mide en forma de ácido úrico, y que en el ser humano alcanza unos niveles más altos que en el resto de animales. "Evolutivamente los homínidos perdieron hace millones de años una enzima que descompone el ácido úrico además el riñón humano absorbe mucho más ácido úrico que en otras especies animales", aclara el especialista.

También se plantea que el urato de sodio tiene un pequeño efecto antioxidante que podría suplir la incapacidad del ser humano de producir vitamina C como lo hacen otros animales evolutivamente inferiores. Además, se ha planteado la posibilidad de que también jugara un papel en el control de la tensión arterial cuando los homínidos pasaron a la bipedestación.

2. Predisposición genética

Los factores de riesgo son muchos y entre ellos pueden encontrarse la medicación, la degeneración natural del riñón o una vida 'desordenada'. Es más frecuente en los países del norte de Europa y Estados Unidos y parece que la dieta mediterránea protege a los habitantes de los países del sur de Europa.

"Los mecanismos de regulación del urato en sangre son renales, existen polimorfismos genéticos que se han asociado a una mayor predisposición a la gota al existir una absorción excesiva renal que devuelve a la sangre más urato de sodio del debido", explica Pérez Ruiz. Esta característica unida al paso del tiempo y a otros factores del estilo de vida puede aumentar el riesgo de desarrollar la enfermedad.

Los factores de riesgo que se han asociado al estilo de vida son seguir una dieta muy alta en carnes, la obesidad o el consumo elevado de alcohol diario (por encima de 15 gramos). Sin embargo, Pérez Ruiz señala que estos factores no se pueden considerar causas de la enfermedad.

Los medicamentos asociados a un mayor riesgo de gota son los diuréticos que se incluyen en el tratamiento de la enfermedad renal, la cardiaca o la hipertensión arterial. En estos casos, se deberá hacer un mayor control cuando se produzcan molestias o dolor articular y niveles elevados de ácido úrico en la orina.

3. Ataques de gota

Los ataques agudos de gota se observan con más frecuencia cuando se han producido cambios bruscos en los niveles de urato de sodio en el organismo como por ejemplo cuando la persona se ve sometida a una dieta estricta por una estancia hospitalaria. Pero cuando el paciente recibe tratamiento para la gota de forma controlada estos ataques son excepcionales, apunta Pérez.

4. ¿Una enfermedad masculina?

La prevalencia de la enfermedad puede alcanzar al 0,5% en la población general aunque en países como Estados Unidos se estima que alcanza al 1,5%, un porcentaje que en Europa puede llegar hasta el 5% si se refiere a las personas con más de 70 años.

La gota es más común en los hombres, que la padecen en una proporción de 4 a 1 en relación a las mujeres, en las que los estrógenos parecen ejercer un efecto protector. Después de la menopausia, a partir aproximadamente de los 60 años de edad, esta distancia entre los sexos disminuye hasta llegar a una relación de 2 a 1 entre hombres y mujeres.

5. Diagnóstico con muestras articulares

La sola presencia de niveles elevados de ácido úrico en la orina o la existencia de malestar en las articulaciones no supone que exista gota. Debe ser un médico reumatólogo el que además de contar con las pruebas en sangre cerciore a través de un análisis al microscopio de muestras de las articulaciones que existen cristales de urato de sodio en éstas y diagnosticar así la gota.

6. La gota se cura

El objetivo es que se disuelvan los cristales existentes en el cuerpo y evitar que se vuelvan a formar. Sólo en un porcentaje que va del 10% al 15% de los pacientes se pueden reducir los niveles de urato de sodio en sangre sólo con medidas de estilo de vida como una dieta equilibrada, bajar peso o reducir el consumo de alcohol.

Cuando es necesario utilizar fármacos, éstos se deben emplear durante años hasta que en 1 de cada 6 pacientes se consigue que los niveles en sangre de urato de sodio permitan no tomar medicación. Estos fármacos evitan la formación de cristales y con ello los ataques agudos de gota.

7. Si hay síntomas, acudir al médico

"No se puede culpabilizar al paciente por su estilo de vida pero sí insistir en que cuando se produzcan síntomas hay que acudir al médico", apunta Pérez.
Los cristales se van depositando con el paso del tiempo y sólo cuando se sueltan de los tejidos a los que están adheridos el sistema inmune los detecta y se producen los primeros síntomas, aunque la enfermedad ya exista desde hace tiempo.

"Hay que intentar detectar la enfermedad desde los primeros síntomas. No se puede pasar con antiinflamatorios y esperar demasiado hasta acudir al médico o reumatólogo, cuando ya se han podido producir lesiones graves en las articulaciones", concluye Pérez.

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