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Si ellos hablaran

Quien usa un perro para pedir, lo condena a malvivir

18.07.2017 | 01:49
Quien usa un perro para pedir, lo condena a malvivir

Sola, rodeada de gente pero sin nadie que le ayudara, acabó una perra dando a luz en la Gran Vía madrileña. En pocos minutos, más de media docena de cachorros se amontonaron alrededor de su cuerpo, peleando por vivir.

Ocurrió hace unos días en pleno centro de la capital. Allí, entre tiendas de lujo, cafeterías de lo más chic y teatros de postín, un vagabundo pedía limosna junto a su perra.

Ella, un cruce de mil razas, con más pelo y huesos que carne, lo miraba o, mejor dicho, lo admiraba, aunque nunca hubiera recibido de él más que hambre y sed.

Por eso, cuando notó las primeras molestias, pensó al principio que su barriga estaba reclamándole su derecho a comer, pero, esta vez, el dolor era distinto.

Recordó, entonces, que unos meses antes, en otra ciudad sin nombre, había conocido el amor de un perro callejero y comprendió, al instante, que la naturaleza había hecho el resto.

No había tiempo para pensar más. Con la vista buscó unos cartones, con el olfato descubrió algo de ropa usada junto a un contenedor de basura. Lo arrastró todo con su hocico y lo amontonó, construyendo sobre la acera una improvisada cama. El paritorio estaba listo.

Mientras tanto, su dueño la observaba pensando que, quizás, si era listo, aquello podía ser una oportunidad de negocio. Así que aprovechó la ocasión para pedir más ayuda a los que por allí pasaban. Al fin y al cabo, a esas alturas sus adicciones también le pedían sustento.

Y así, minutos más tarde, mientras uno pedía y bebía, la otra paría y paría.

El aire enrarecido por la contaminación, el ruido del tráfico y el pasar incesante de personas fueron sus únicos compañeros durante el parto. Los cachorros nacieron bien –madrileños castizos de pura cepa– y la perra, aun hoy en día, sigue cuidando de ellos ante miles de testigos que recorren con prisas la principal avenida de una de las más importantes y modernas capitales europeas. Ya ven.

Mientras tanto, las protectoras de animales de allí, con más vocación que medios, intentan protegerlos de los muchos peligros que les acechan, pero, no crean, no es fácil porque, aunque es verdad que la vida nunca sabes dónde comienza -en este caso en pleno centro de Madrid-, tampoco sabes nunca dónde y, sobre todo, cuándo termina.

Nota. Recuerden: allá donde se cruzan los caminos, hay una perra y unos cachorros que necesitan, urgentemente, protección? Pongamos que hablo de Madrid.

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