Diario de Mallorca
Entrevista

´Es necesario oír música sin anteojeras, no tengo prejuicios´

Joan Manuel Serrat recopila más de medio siglo dedicado a la música en su nuevo trabajo, 'Antología desordenada'

26.11.2014 | 03:11
Joan Manuel Serrat.
Joan Manuel Serrat.

El cantante catalán, Joan Manuel Serrat, presenta su nuevo trabajo titulado 'Antología desordenada', un estuche de cuatro CD en los que a través de cincuenta temas suyos celebra su medio siglo en la música. Un breve resumen de su contenido arroja que contiene 31 duetos, 11 de ellos con voces femeninas, 16 temas en catalán y poco más de 11 pistas que conservan sus registros originales.

-Es una producción minuciosa.

-Hay un trabajo de producción muy personal, sobre todo por los contactos con cada uno de los artistas que intervienen en los duetos. No se han hecho a través de sus discográficas sino personalmente. Esto da un resultado más noble. Cada canción acaba de ser el resultado de un intercambio, es muy importante saber cuál es el punto de vista del otro porque normalmente mejora el tuyo. Me gusta mucho cuando termino un proyecto comprobar que no ha pasado nada, cuando detrás hay una ingente cantidad de trabajo. Las cosas nunca han de mostrar la dificultad con la que se han elaborado. Esto tiene que ser así.

-Este trabajo, como todos los demás, tiene mucho de oficio. No es bueno pensar que todo sale porque sí. Y es importante decir que no se trata de un refrito con material de otros discos. Es un trabajo nuevo en el cual hay algunos temas, muy pocos, que no se han vuelto a grabar, porque no hubieran mejorado la versión que ya está hecha.

-En muchos duetos parece que primero presta la canción al invitado, después él la transforma y vuelve a retomarla.

-Es que pienso que los duetos tienen que ser esto. No es necesario convertir la canción en otra cosa. A veces hay duetos en los que se pretende hacer algo tan diferenciado de la canción original que acaba por no parecerse en nada. Aquí no pasa, aquí cada uno hace lo que piensa que tiene que hacer, pero lo hace a su manera. Me gusta que sea así. Me apunto a trabajar, por ejemplo, con Paquita la del Barrio haciendo una nueva letra, adecuada a la personalidad contundente de esta mujer. También cambio Las malas compañías para que Los Luthiers la toquen con sus instrumentos, ya que son un grupo cómico.

-'El meu carrer', que comparte con Miguel Poveda, es una declaración de principios, mejor que cualquier Constitución o estatuto de autonomía. ¿Será la calle de la infancia la única patria que pervive en uno?

-La infancia es un país. El meu carrer es un retrato personal pero también muy realista, pictóricamente hablando, de este lugar, único, irrepetible y entrañable que yo no quise idealizar en ningún momento con mi canción. Traté de retratar lo que era un país, un país con pendientes, donde el sol entra con dificultad, un país húmedo, donde ha circulado lo mejor de mi vida.

-¿Cómo fue, a modo de postal, su infancia aquí?
-Mi infancia, como la de todos, tiene una serie de patas, una fue mi casa, mi familia, lo que voluntaria o involuntariamente me transmitieron, con sus palabras y sobre todo sus actitudes, esto fue muy importante. Otro pilar de mi infancia fue todo lo que pasó en la calle, y finalmente, está todo lo que pasó en la escuela, y el recuerdo de mis maestros. Es difícil hacer una unidad homogénea entre escuela y maestros.

-¿Qué maestros le marcaron más?

-Me acuerdo especialmente de los de la universidad. Los doctores Bolós, Ponz, Margalef. Siempre sitúa Mediterráneo junto a Plan y al mar porque dice que esta es consecuencia de la otra. La primera es festiva, aunque Lolita Flores le da un aire de queja, y la segunda es un lamento al que Sílvia Pérez Cruz le da un aire dulce.n Al buscar las voces adecuadas a cada canción no lo hice por sorteo, pensé en quien podía adecuarse mejor por el estilo de interpretación. Puedo decir que el casting me ha salido bastante bien.

-En este caso un tema es en castellano y el otro en catalán. ¿Los idiomas son neutrales?

-Yo creo que sí, los idiomas son neutrales. Otra cosa es la utilización que se hace de los idiomas, como de las máquinas y tantas cosas. Se nota en su carrera que sin dejar su peculiar sello lírico tiende cada día más al humor y que se inclina más hacia ritmos como la rumba y el flamenco. Creo que la ironía es una forma de decir las cosas que puede ser más incisiva y muy eficaz, sin duda más que el exabrupto. Me interesa porque significa un paso más allá del instinto. Esto me gusta. En cuanto a los ritmos, yo voy por el mundo, oigo música, y la música que yo hago está en función de la que soy capaz de hacer, de la que conozco, la que me enamora y la que forma parte de mi musicoteca personal. Nunca me digo: ahora haré una rumba, un chachachá un reggae. No tengo manías. He hecho pasodobles, saetas, boleros... Porque lo que hago yo son canciones. El soporte musical se me ocurre en el momento.

-Siempre ha comentado que bebió de la copla que escuchaba en la radio, de la música popular? Trabaja con material de aluvión... ¿Se considera un músico esponja?

-Los músicos en general lo son, o estaría bien que lo fueran. Es necesario oír música sin anteojeras. Yo escucho todo lo que puedo, no tengo prejuicios sobre lo que desconozco y entre lo que conozco selecciono. Si algo no me interesa, no me lo pongo cinco veces para ver si me interesa, y lo que me interesa, lo que forma parte de mi más profunda memoria musical, entonces voy a buscarlo para que me rescate y me dé serenidad emocional.

-¿Le interesa el jazz y la clásica?

-Claro. Especialmente Miles Davis y Coltrane. Y entre los clásicos, pues las tres bes: Bach, Beethoven, Brahms. Ellos también bebieron de lo popular. Hay un estudio de Bartók que lo explica muy bien. Todo viene de la gente, de lo que cantan, lo que bailan. Después hay que elaborarlo. De todas formas, no se puede hacer listas... Yo no separaría nunca la música en categorías, no se puede separar la música de Rajmáninov de las músicas de las películas que le han robado pasajes.

-En su nuevo trabajo están los mejores músicos de su carrera. Ricard Miralles ha colaborado con usted de forma paradigmática, ¿es su álter ego?

-No. En mi carrera empecé con Ros Marbà, que tuvo mucha importancia, después vino la primera etapa con Miralles, luego la aparición de Bardagí, Miralles que volvió de nuevo y, finalmente, Kitflus. Afortunadamente hubo una etapa en la que puede trabajar simultáneamente con Miralles, Bardagí, que le dio por morirse antes de hora, y Kitflus.

-Hable un poco de cada uno.

-Seguramente lo que más me divertiría explicar no lo puedo explicar. Yo, a estas tres personas tan sólo puedo darles besos y expresarles mi gratitud. Miralles es el más ortodoxo de todos. Como arreglista ha sido capaz de hacer cosas que hoy en día no es que sean actuales sino que son modernas. Bardagí, el más heterodoxo, pero también seguramente el más brillante, con sus manías... Y Kitflus, el que trabaja mejor con las nuevas tecnologías. Y los tres, instrumentistas de primer orden.

-No hay que olvidar a Amargós, aunque haya trabajado menos con él.

-Hombre, Joan Albert es quien tiene una idea más global sobre la música, sobre todo en el trabajo sinfónico que hizo de mis canciones. Como le pasó a Ros Marbà, ellos mamaron de la música de la calle y a partir de aquí crecieron en la música sinfónica mirándose el panorama de un modo más abierto.

-Titula el trabajo Antología desordenada, pero está muy ordenada.

-No, no. Yo la encuentro desordenadísima. No hay voluntad de ordenarla, otra cosa es si se ordena ella sola.
Antología desordenada recuerda un poco el doble CD de homenaje a la nova cançó... Es distinto. Aquello fue una falla construida para ser quemada y literalmente se hizo así, quemamos el escenario del concierto en el Palau Sant Jordi al día siguiente.

-Y eso que no es valenciano.

-Yo me siento muy de allí abajo. Me gusta la paella, la sensualidad, soy escatológico... Estoy encantado de formar parte de este país vertical que llega hasta el Segura.

-¿Cómo se ha sentido ahora al revisitarse?

-La mayoría son canciones de repertorio. Excepto dos o tres, alguna hace tanto tiempo que no la cantaba que, como dice Miralles, no la he cantado nunca. Por ejemplo A ese pájaro dorado que interpreto con Dulce Pontes. Llegó un momento en el que tuve que cerrar la lista de canciones porque, si no, cuando entraba una salía otra.

-Y partir de eso, ¿pone un punto y aparte, o un punto y seguido?

-A mí me gustaría que fuese un punto y seguido y no me gustaría en absoluto que fuese un punto y final. Y si es un punto y aparte, pues entre una cosa y la otra, no está mal.

-¿Tiene previsto salir de gira?

-En febrero. Hasta febrero tengo algunos compromisos. Tengo que viajar a Las Vegas para recoger el Grammy al personaje del año, después voy a Buenos Aires. Estoy ocupado también en la promoción de este trabajo. La gira empieza en Montevideo. El 29 de mayo cantaré en el Olympia de París; en junio, en el Barbican de Londres; del 3 al 8 de julio, en el Teatre Grec de Montjuïc, un espacio que adoro. En fin, todo el verano trabajando. Supongo que tendré un mes para que la familia me reconozca. A mi edad, la gente cambia mucho.

-Cuando no hace nada respecto a su trabajo, ¿qué le gusta hacer?

-No sabría decir. Como a todo el mundo, me gusta tocarme los cataplines, no estoy en contra, le encuentro un gran placer, sin mirar hacia ningún lado, sin escuchar nada, liberarme... Lo que pasa es que tengo un carácter que me imposibilita estar sin hacer nada cuando tengo algo que hacer. Cuando me dicen hay que hacer esto, me levanto y me voy contento a hacerlo.

-Una vecina de su calle, de aquellos años, Julia Otero, respecto al llamado conflicto catalán dice que intenta hacer de puente, pero que en toda confrontación lo primero que cae son los puentes. Usted también ejerce de puente.

-Pero ella está cada día en la radio dentro de este diálogo de sordos donde más que la razón funciona la visceralidad. Una situación movediza, donde lo que ayer era de una manera hoy es de otra y no sabemos nada. Ella tiene que definirse cada día y lo que dice molesta a alguien, en este sentido mi situación es mucho más cómoda. Yo no tengo que definirme cada día veinte veces. Y lo que pienso no gusta a algunos, pero puede gustar a otros que no pueden expresar su opinión fácilmente en los medios.


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