MATÍAS VALLÉS
os asesinos en masa del 11-S y el 11-M son seres humanos. Los etarras son humanos además de españoles, un detalle olvidado a menudo por ambas partes. La ingenua erradicación del comportamiento aberrante, que se justificaría por la pretendida monstruosidad o bestialismo de su autor, es un mecanismo protector para no enfrentarse a los insondables misterios de nuestra condición. Mallorca ha vivido su cuota de esa enajenación, tras el salvaje asesinato de una joven rumana. La atrocidad del suceso no radica en que una fiera sangrienta haya desatado sus instintos, la conmoción se debe a que el autor es uno de los nuestros.
Pese a nuestra habilidad con las evasivas, la barbarie individual nos obliga a rendir cuentas como especie. Somos expertos en eludir la responsabilidad, por lo que nos desvinculamos achacando la pérdida de humanidad del autor del crimen a sus adicciones –en una sociedad que no duerme sin una pastilla previa–. Los psicólogos de ocasión apelan constantemente a la estatura del detenido, han localizado la deformidad lombrosiana cuya singularización sería intolerable en cualquier otro contexto, y que autoriza a expulsarlo de la tribu. En la furia del desalojo, se criminaliza presuntamente al colectivo de quienes no dan una talla determinada, todavía por precisar.
Para incidir en los enfoques por castas, ¿en qué términos de animalidad habría que calificar a quien pone en marcha su coche para atropellar deliberadamente a otro ser humano, de lo cual también tenemos ejemplos próximos pero enclavados en estratos más pudientes? La bestialización del criminal no sólo relativiza su culpa contra lo pretendido, entorpece además su persecución, que debe regirse por la frialdad antes que la pasión. La fijación con el morbo y la deshumanización arrinconan el único aspecto de la tragedia donde se podría intervenir socialmente. A saber, si el autor cumplía con los requisitos para los beneficios carcelarios que disfrutaba, o si el crimen obliga a revisar los mecanismos mediante los que se conceden.