MATÍAS VALLÉS
El invierno más lluvioso de la historia sería una excelente noticia, por lo que se presenta como preámbulo de una primavera aciaga para los alérgicos, que provocará además una merma del PIB por contagio económico de la congelación ambiental. No hay situación que una información en condiciones no pueda empeorar. Por ejemplo, el enderezamiento de los políticos torcidos nos obliga a replantear nuestro comportamiento durante su apogeo, y a eliminar tantas fotos.
La ilustración de hoy, sin ir más lejos, corresponde a un acto multitudinario, pero hemos seleccionado el corte que muestra únicamente a los dos políticos mejor trajeados y a un ser incorruptible, la bicicleta. Los numerosos asistentes, emocionados ante la conjunción galáctica de James Matas y Eugenio Hidalgo –incomprensibles el uno sin el otro–, deberían agradecer nuestra sensibilidad. Los dos símbolos de la penúltima legislatura, hermanados por el vehículo que no puede utilizarse en el Palma Arena, de imposible homologación. Desde cuándo fue eso un obstáculo para construir un velódromo. Por la forma en que agarran al bicho, se entiende que el alcalde prefería Porsche, en tanto que el president se conformaba con Bang & Olufsen, quienquiera que sean. Las imágenes del pasado adquieren una pátina surrealista. Tal como éramos.
También los poderes fácticos deberán actualizarse. Nos remontaremos al viernes en que Miquel Nadal expulsa a Maria Antònia Munar de la política, al divulgar el intercambio de 300 mil euros en los habituales fajos de billetes de los electos mallorquines. La propietaria de UM visitó en esa dura jornada a su socio editor, que durante largas horas intentó desesperadamente que no dimitiera. Una oferta que tendrás que rechazar, otro que no se ha enterado de que los tiempos cambian. Cuando se desmoronan los títeres a quienes habías otorgado la inmortalidad, tu poder se ha desvanecido. Tendrá que buscarse nuevos muñecos. En el PSOE y el Bloc hay un montón de peluches con excelente vocación de esclavos.
En cambio, el propósito de la enmienda ha llegado a la nomenklatura del funcionariado autonómico. Dulce Linares, la jefa de gabinete de Matas que firmaba tan a gusto en el Palma Arena –con un papel "decorativo", según sus sabias palabras incorporadas al auto de José Castro–, se ha reconvertido en un exigente cancerbero que no deja pasar una al Govern del PSOE. Esperemos que mantenga el ímpetu vigilante de la pureza pública, cuando el PP regrese al poder y exija de nuevo la firma masiva de velódromos.
Cada vez que un político conservador me habla contra Matas, no lo hace para reprocharle que omitiera el detalle de avergonzarse de su comportamiento. Le preocupa más convencerme de que Madrid empeoró definitivamente al hombre de los palacetes. Es decir, tampoco saben historia, porque el Palma Arena –como caso particular, a saber qué se encontraría en cada obra imperial– se limita a culminar los escándalos del primer mandato del ex president al que ya sólo le salva la presunción de inocencia. En el velódromo averiado confluye la doctrina impartida por el ex ministro en el caso Bitel y en Operación Mapau.
Veamos. La defensa de Matas lamenta las escuchas ordenadas por el juez, extraña pulcritud en el político que recibía en su despacho los correos urbanísticos de la oposición –desviados por una empresa presidida por Rosa Estarás–. En el Palma Arena se habla de contratación de hoteles en viajes de ida y vuelta el mismo día, mientras que el director general de Juventud se pasó un año en Argentina en misión desconocida.
Las decenas de reuniones jamás celebradas sobre el velódromo evocan a la prueba que nunca tuvo lugar en Mapau, y de la que se levantó también el acta correspondiente. Ahora y antes se produjeron contrataciones previas a la convocatoria que originaba el vínculo. En ambos casos se pagó por conceptos ficticios, aunque el precio se disparó notablemente en la segunda venida de Matas.
En los escándalos de ambas legislaturas surge la figura del delito electoral, primero como captación de votos con fondos públicos, y después como contribución también pública a los mitines partidistas de Mariano Rajoy –aquí habría que sumar el desdoro estético a la presunta falta de ética–. El éxito indiscutible de la secuela debe atribuirse a la repetición del reparto inicial, con Matas y Estarás como personajes ubicuos en las distintas tramas. Siempre buscaron subalternos escasos de escrúpulos, que abundaban a su alrededor.
Un pesimismo sobradamente fundado obliga a sopesar la hipótesis de que los desenlaces también serán paralelos, aunque en el Palma Arena se ha avanzado bastante, respecto a la inercia absolutoria que impulsaba a un magistrado a exclamar "¿acaso está usted dudando de la honorabilidad de un ministro?". El interrogante suena a hueco, cuando el propio miembro del gabinete Aznar ha confesado cuando menos un fraude fiscal de colosales proporciones, y que se fraguaba mientras el juez en cuestión le echaba un capotazo.
En la sentencia del Túnel de Sóller ni siquiera se remarcaba que Gabriel Cañellas era president de Balears, lo cual aumentaba su poder y su responsabilidad. En el fallo contra Hidalgo avalado por el Supremo, no sólo se enfatiza su condición, sino que se menciona la manifestación masiva contra la destrucción de Mallorca y, en la instancia superior, la burla de los políticos contra la legislación urbanística. En fin, Antonio Monserrat es hoy miembro del Consejo General del Poder Judicial a instancias del PP, después de su fenomenal instrucción de Operación Mapau. Ninguno de los funcionarios involucrados en la persecución de la corrupción correrá suerte semejante. Al tiempo. Y para relajarse, nuevos Capuccino en Madrid y Londres, cada vez hay que alejarse más de la isla para ser un buen mallorquín.
Reflexión dominical reformista: "El pasado ya no es lo que era".