PILAR GARCÉS
Reflexioné sobre la grandeza del azar y la casualidad ayer, leyendo la sección de Cartas al Director de este diario. La primera de todas la suscribía la querida Francisca Pol, abogada, ex concejala del Ayuntamiento de Palma y ex diputada en Madrid, y constituía un auténtico ejercicio de reafirmación dirigido a sus correligionarios del Partido Popular, en el que les invitaba a asumir con orgullo su condición de votantes de derechas, a dejar de esconderse por ser de Rajoy y de Aguirre, y a no avergonzarse de sus simpatías políticas. Dale que sí, Fany. Que corren malos tiempos y llega la primavera, con sus astenias y sus languideces, y además de verte ideológicamente inoperante, a la defensiva de tus barones y acosado por las causas judiciales de los tu bando, que te sacan los colores un día sí y otro también, encima digo, estás blanquecino, ojeroso y desasosegado, así que no encuentras en el armario nada lo suficientemente conservador que ponerte y que te siente bien. Dale que sí, Fany, que toda autoestima es poca y conviene fertilizarla, y elegir bando, como tú apuntas, y aclararse. Abajo los tibios y los insípidos.
Pero quisieron el azar y la casualidad que el mismo día en que Fany reivindicaba el orgullo popular (del PP) con el argumento de que el centro en verdad no existe (salvo en las numerosas miniseries de televisión dedicadas a Adolfo Suárez y a la mítica UCD) una noticia fascinante contrarrestara unas páginas más atrás la cruzada antiindefinición de Pol. En efecto, una persona de nacionalidad británica ha logrado que se le reconozca que no es hombre ni mujer. Después de probar ambos sexos, no se pronuncia, no se siente ni de un ni de otro, y las autoridades judiciales de Australia, que no deben andar sumidas en tantos casos de corrupción política como las nuestras y por eso les queda tiempo para lo que realmente importa, han tirado por la calle de en medio y le han declarado de género neutro. Qué grande, un habitante del limbo que se ha cansado de dirimir su identidad y ha hecho del no sabe/no contesta su esencia de vida. Cero grados, ni frío ni calor, ni del Barça ni del Madrid, ni chicha ni limoná, ni carne ni pescado, o sea, más tirando a tofu. No quiero ni imaginarme la que le espera en las ventanillas de los distintos servicios públicos y fronteras del ancho mundo cuando le formulen la pregunta del millón. Pero ello se lo ha buscado, por no conformarse.
Me pregunto qué pensarán los académicos de la lengua de esta nueva especie de criaturas humanas llamadas neutras, ellos que llevan años defendiendo que lo masculino es lo neutro y nos engloba a todos, y por eso cuando se dice algo como "el hombre es un lobo para el hombre", en realidad hay que entender que también "la mujer es una loba para la mujer". Se han quedado sin argumento para enmascarar el machismo. ¿Le darán un sillón al ambiguo para que defienda sus indeterminados intereses? Imagino que, mucho más rápida en sus reacciones y como siempre empeñada en agradar a tirios y troyanos, la casta política encontrará alguna solución airosa para dirigirse a estos nuevos votantes: ciudadanos, ciudadanas y equidistantes. Claro que esto sería casi como sugerirles que voten al centro, y eso, como todo el mundo sabe, ni existe ni resulta conveniente.