PILAR GARCÉS
El año que viene, cifra redonda, voy a pedir a quien corresponda un único deseo: tener a mi alrededor sólo personas de ésas que te quitan problemas y no los crean. Haberlas haylas. Pero ya lo dijo el Papa el martes, en su homilía de la Inmaculada: los medios de comunicación acostumbramos a la parroquia a las cosas más horribles y acabamos por intoxicarla porque no permitimos que elimine lo negativo. Acepto la infalible crítica de Ratzinger, sólo el hecho de que alguien reflexione en estos tiempos ya me parece valioso, pero él conoce mejor que nadie el historial dramático de quienes se han dedicado a vender la Buena Nueva. La ruina, como mínimo, si no la cruz. Por eso ofrecemos la Mala. Tiene mucha razón en que existe gente estupenda que te hace la vida fácil y no hablamos de ella porque nos entretienen los expertos en el follón y el contubernio, los que no saben existir sin liarla parda, los que prefieren armar un tangal a ganarse pacíficamente, si ello es posible, el sueldo que les pagamos entre todos. Deberían ser laminados de la escena pública, pero ahí siguen, como unos profesionales. Esos políticos enredosos y los que ejercen de plantón no nos dejan ver el bosque de contribuyentes competentes cuya compañía constituye un placer. Y que no son noticia, aunque deberían, porque en verdad permiten que el mundo funcione.
Puedo poner un ejemplo cotidiano. Mis amigas y yo somos súper fans de Ángeles, la jefa de sala del restaurante palmesano Tast, un local que desde que abrió sus puertas siempre está hasta la bandera los fines de semana. Llegues a la hora que llegues, te habla con simpatía, te aconseja, y te presta toda la atención del mundo, como si no hubiese otras cincuenta personas alrededor. Pueden ser las nueve o las doce de la noche, que organiza mesas y barra con una eficacia que hará que nadie espere un minuto más de lo estrictamente necesario. Nunca te dice no si te puede decir sí. Qué tía tan maja.
Me gustaría que nuestro presidente Francesc Antich se sentara en un taburete a contemplar cómo funciona ese gran tablero de ajedrez que es el frenético comedor de Ángeles un sábado cualquiera, lo iba a flipar. Él, que ha tardado diez días en dar una explicación de cómo y por qué anda el Govern en solfa, y en nombrar un conseller de Turismo. Si su negocio fuese un restaurante, habría cerrado hace meses embargado por las dudas y las deudas, y el deseo de agradar a tantos clientes a la vez, y el dilema de si hoy soy vegetariano y mañana thai, o chino, o me he vuelto una pizzería. Necesita dejar de negociar, como en algún momento hay que decidir qué carta se propone a los comensales. Y necesita a su lado personas resolutivas como la que reina en el Tast, y no ególatras periclitados con ganas de mucho protagonismo montando el pollo en la cocina. Está ahuyentando a la clientela y lo que es peor, aburriéndola mortalmente.
O sea, y sin tanta metáfora, debería deshacerse cuanto antes del dúo Pimpinela de Cort, Nadal y Grosske, dos expertos en montar gresca, tipos de mucha reacción pero de poca o ninguna acción. Antes de que nos pongamos todos a dieta, hartos ya de pollo y más pollo.