MATÍAS VALLÉS
Voy al cine. No compro una entrada en taquilla, en el ejercicio del derecho humano a protestar por los elevados precios. Cuando me para el portero porque no llevo entrada, le conmino a que me franquee el paso, porque está infringiendo mi derecho humano a desplazarme libremente por un espacio público, y mi libertad de reunión constitucional. Accedo así a la sala, sin pagar. Al entrar, cuento el número de imbéciles que han abonado siete euros. Seguramente son millonarios que ignoran sus derechos humanos.
Me siento en la butaca, saco mi cámara y grabo la película en vídeo, dado que tengo el derecho humano a la creación artística. Después comercializo la copia en internet, por mi derecho humano a ganarme la vida y a la transmisión del conocimiento. No fue una experiencia aislada. Cada día voy a un cine distinto, gratis total, en aplicación del derecho humano a recibir una formación audiovisual. El único problema es compartir la sesión con los imbéciles que pagan siete euros, me dan un asco. En algunos cines me ponen trabas para entrar, así que exijo una reunión con la ministra de Cultura y con Zapatero, alegando mi derecho humano a acceder a mis representantes electos. Tanto González-Sinde como el presidente se desviven por entrevistarse conmigo, en uno de los huecos que les dejan los familiares de un súbdito español que se fue a hacer submarinismo entre tiburones y fue devorado por un escualo, debido a lo cual hemos de romper relaciones con una docena de países.
Requiero a Zapatero y su ministra una subvención, para compensar mi gasto de desplazamiento a los cines. Asienten. También les denuncio que en alguna sala se han negado a darme palomitas gratis, violando mi derecho humano a la alimentación. Toman nota. Asimismo, les recrimino los modos dictatoriales de los porteros, que intentan frenarme sin disponer de una orden judicial, abortando mi inalienable derecho humano a la integridad física. ¿Verdad que mi comportamiento resulta ejemplar? Pues así funcionan los piratas de internet.