MATÍAS VALLÉS
Crece la probabilidad de que, si usted compra una propiedad en la isla, el vendedor sea extranjero o alemán. La engorrosa partitura "Los alemanes compran Mallorca" será sustituida por una melodía todavía más humillante, "Los alemanes venden Mallorca", donde el desprendimiento alimenta la sospecha de que su colonia de ultramar no satisface ni su discutible gusto germánico. La frustración obedece a que no han conseguido vaciar completamente el territorio de mallorquines, y siempre acabas por odiar lo que no puedes penetrar.
La enajenación inmobiliaria de Mallorca se caracterizó porque ni los compradores ni los vendedores necesitaban la transacción. Ambas partes actuaron con pleno desconocimiento del producto que intercambiaban. El notable énfasis de los alemanes escondía su alergia a desacatar su disciplinado expansionismo. Entre los mallorquines, los apellidos rutilantes se apresuraron a desembarazarse de sus posesiones, porque el mantenimiento del rango aristocrático exigía venderse a un alemán, sexualmente si fuera menester aunque siempre cobrando. En el cambalache participaban más vampiros –perdón, intermediarios– que en el secuestro de un pesquero, por mencionar una actividad del mismo ámbito. Estos mentirosos profesionales son los culpables de la inevitable decepción posterior de los adquirentes.
Los alemanes se han aburrido de cortar el césped a diario y han concluido que Mallorca no era para tanto, un desenlace que les podríamos haber adelantado sin tanto papeleo quienes elegimos la isla para nacer en ella. En realidad, este territorio intempestivo posee las cualidades que deploran sus compradores, que sólo buscaban un puñado de distracción. Mallorca se equivocó de target, con el agravante de que la venta fragmentada del paraíso ha exigido su destrucción previa, y ha quedado inservible para su uso natural o artificial. Ahora que se desprenden de sus propiedades, admitamos que tener dueños germanos ha sido más llevadero que aguantar a los caciques autóctonos.