MATÍAS VALLÉS
El paso del público por el camino público de Ternelles es una de las noticias estimulantes que Mallorca sólo ofrece esporádicamente. Gabriel Vicens degradó la fiesta con su bulimia de simultanear los cargos de miembro del Govern y de manifestante contra una medida del Govern. El poder siempre es el enemigo, y el conseller de Movilidad lo ejerce en grado máximo en Balears. Contra ese axioma no prevalecen ni el sexo ni la edad ni anteriores militancias de los gobernantes. El compañero de gabinete de Miquel Nadal se enfrenta a la policía que protege sus singulares privilegios, después de dejar aparcado su coche oficial –qué pasaría si un ciudadano le causara una abolladura– y, de tenerlos, podría haber acudido al acto reivindicativo con guardaespaldas.
En la toma de Ternelles participaron medio millar de ciudadanos valientes y un conseller aprovechado. El comportamiento berlusconiano de Vicens, que reclama las delicias de su cargo mientras rechaza sus exigencias y contradicciones, debió ser abucheado por los presentes. El poder es la ley. El pueblo debe rebelarse ante ambos, pero el conseller con vocación de salteador de caminos sólo tiene dos opciones. O cambiar las leyes de inmediato o renunciar a las mayúsculas prebendas de su cargo. Ahora mismo está del lado de la policía, la santurronería ecologista no puede abrocharse con el tratamiento clasista de Honorable. ¿Los otros no lo son?
Mientras la conselleria de Medio Ambiente de un Govern progresista trabaja para prohibir Mallorca a los mallorquines, la finca de Pollença sintetiza la formidable ambivalencia ante el legado March. Han mantenido territorios vírgenes –Ternelles, s´Avall– y son los autores de son Espases. El conseller Vicens aspira a que se le perdone la misma contradicción que a los magnates. (Otro poderoso saltarín, el director de Patrimonio del Consell, dio el visto bueno para que se construyera Villa Cortina en la urbanización de Formentor, por lo que existe el peligro de que invadiera Ternelles en busca de localizaciones para que allí pueda levantarse el chalet de algún madrileño postinero).