MATÍAS VALLÉS
Amenábar ha logrado el más difícil todavía, rodar una parodia de La vida de Brian. Se la ha tomado en serio. Desde los Monty Python, ningún cineasta se atrevería a filmar una lapidación, pero Agora es un festival del apedreamiento tan contagioso que el espectador también desearía tener un objeto contundente a mano. Las sectas que aparecen en la película imitan a las facciones políticas satirizadas por los cómicos británicos. Los interminables minutos sobrantes se rellenan con un cansino acarreo de cadáveres, tiemblo al pensar qué matanza perpetraría el director español en una película con armas de fuego.
Agora es la primera superproducción en que se pronuncia más de dos veces la palabra epiciclo. Debiera estar patrocinada por la Nasa. Podemos disculpar que Amenábar se perdiera las clases de astronomía, pero ese hueco en su formación no justifica que malgaste dos horas y media maravillándose de que la Tierra gire alrededor del Sol o viceversa. Por desgracia, los actores no comparten la fascinación de su director por la física recreativa, así que muestran la gama de registros emocionales del Doctor Spock y tratan a Hipatia como si fuera Cleopatra. Todo ello disfrazado de emancipación de la mujer. De una mujer, porque no aparece ninguna otra en la película, salvo mendigas o esclavas.
La muy promocionada secuela de Quo vadis? nos pilla mayorcitos, pero puede dañar irreversiblemente a los adolescentes sobreprotegidos. Frente al discurso de Agora, Dan Brown es filosofía pura. No merece la pena plantearse si el último Amenábar es más insípido que Mar adentro, aunque se parece a Isabel Coixet en que ninguno de ellos sabe escribir diálogos. Lástima que el vano esfuerzo de otorgarle un lacado erudito a su subproducción no se empleara en publicitar La habitación de Fermat, la mejor película científica del cine español. Por lo que respecta al tránsito de las religiones liberadoras al dogmatismo encorsetado, Amenábar puede aplicarlo a su propia evolución artística. Por si le consuela, peor está Almodóvar.