MATÍAS VALLÉS
He visto agentes de policía rebosantes de autoridad y coroneles que sólo infundían lástima. Formado en aulas donde el gamberrismo era la asignatura esencial, detectábamos desde el primer día de clase al profesor que se haría acreedor a la consideración de los congregados, con independencia de su rango y edad. Por eso, cuando se promueve la elevación de los docentes a la categoría de autoridades públicas, me pregunto por qué lo llaman amor si quieren decir poder. El Estado sólo confiere la certeza legal de que la propia voluntad se impondrá coactivamente a otras. Los profesores únicamente verán garantizada su capacidad de amedrentamiento. Para acentuar su posición, se les puede obligar a impartir sus lecciones armados.
Nos adentramos en el debate entre la auctoritas, que se gana uno mismo y que legitima el consenso social, y la potestas aneja al desempeño de un cargo. El poder no da autoridad, a menudo la quita o cuando menos entorpece su reconocimiento. La corrupción masiva y el nepotismo aceleran la disociación entre dos cualidades que convergían en tiempos de la divinidad. Al entregar la gestión de la violencia al Estado, parece razonable que se proteja a policías y jueces de agresiones que el código penal transmuta en atentados. Al fin y al cabo, su actividad se centra en la porción de la ciudadanía que desafía a las convenciones estatales desde la delincuencia. ¿Se quiere concebir el aula como una confrontación entre un policía docente y una veintena de criminales en potencia? Antaño, el crimen era el destino de quienes no iban a clase.
Se aspira a compensar la sequía de autoridad con un exceso de autoridades, porque después de los docentes vendrá el sector sanitario, y así hasta el autoritarismo rampante. La pretensión de que todos los profesores merecen respeto en todas las circunstancias, es tan descabellada como suponer que los periodistas merecen esa reputación en una sola ocasión. Nos falta la apelación a La clase, tan habitual en quienes no la han visto. Esa película sólo demuestra que la clase no enseña nada.