MATÍAS VALLÉS
Si comparas a internet con otras actividades, demuestras que todavía no ha llegado. La red se sigue identificando con cachivaches como un imponente diccionario o con el archivo universal, síntomas de que nos falta un trecho para integrarnos en ella. No nos hemos enterado. Una realidad nueva no se impone hasta que se cancela el uso de términos arcaicos para describirla. La revolución consiste en la eliminación de los precursores. Verbigracia, nadie sube a un coche pensando en opciones no motorizadas para cubrir un trayecto. Al contrario, el automóvil suprime la distancia, con lo cual deja de ser vehículo para convertirse en destino.
De la misma forma que los transportes motorizados eliminan la geografía física –si estás a dos horas de Londres, la conviertes en una ciudad vecina–, los motores de internet han de liquidar la geografía mental. Un objetivo más modesto no justificaría la estruendosa fanfarria en torno a la red. Para cumplir esa misión omnívora, ha de apropiarse de todas las referencias, formatos y relaciones. No puede limitarse a actuar como sucedáneo, aunque sus propios creadores adolecen de originalidad y se encelan en un bricolaje de conceptos anteriores. Por eso siguen hablando de página, película, viaje, amor. Este procedimiento de segunda mano destaca por su lentitud y da lugar a productos deprimentes, según demostró el Creador al utilizarlo para fabricar seres humanos.
Para abandonar la prehistoria de la red es preciso admitir nuestra primitiva condición. Internet casi ha conseguido ya que la marcha atrás sea inverosímil –cualquier actividad desarrollada al margen de ella adquiere un matiz sospechoso–, pero no ha decidido aún si su rumbo la encamina hacia la anarquía o hacia la dictadura más férrea jamás contemplada. Se le exige que convierta la experiencia personal en dogma universal, pero su exaltación requerirá que cualquier residuo de la actualidad nos parezca tan trasnochado como un viaje en la desaparecida diligencia. A falta de saber si, en esta ocasión, la diligencia somos nosotros.