MATÍAS VALLÉS
He vivido treinta años a cien metros del Palma Arena y de Can Domenge. No saqué de ahí más que un puñado de colillas y la estampa de una tierra desolada, el desierto ideal para rodar un ensaimada western. Imaginen mi asombro al contemplar cómo un puñado de intrépidos políticos ha extraído miles de millones de pesetas de esos parajes. Y sin riesgo alguno, porque en mis tiempos destellaban las navajas. El Consell Inmobiliario de Mallorca estafó a la ciudadanía con sus pisos de autor, el PP en su conjunto saqueó a la comunidad con el robódromo que ha adquirido renombre internacional. En mi calidad de conocedor en profundidad del terreno, los perpetradores de estos negocios no merecen ser tachados de presuntos criminales, sino de absolutos genios.
Mallorca no debe castigar a sus corruptos, sino enorgullecerse de ellos, homenajearlos y exportarlos. Trasladando a Afganistán a los diseñadores de los vecinos Can Domenge y Palma Arena, civilizarían el país asiático con el mismo sello que nuestros hoteleros han imprimido en el Caribe. Un fenómeno que le coloca a los ciudadanos un velódromo inservible donde se evaporan diez mil millones, engañaría con facilidad a los señores de la guerra. Los talibán se afeitarían las barbas ante los responsables del Consell Inmobiliario que vendían suelo público a mitad de precio, sin inmutarse cuando fueron desenmascarados porque operaban con absoluto descaro.
La legalidad era una engorrosa nimiedad en Can Domenge y en el Palma Arena. Los implicados no tomaron en consideración la notable reducción en el censo de jueces y fiscales especializados en absolver a políticos mallorquines. En Afganistán ni siquiera hay un sistema judicial, por lo que nuestros altos cargos exportados podrían desentenderse de las repercusiones de sus actos como en la Mallorca clásica –otra semejanza con los hoteleros–. Por estricta solidaridad, Kabul se merece una corrupción de altura europea, y los rentabilizadores de un erial palmesano le venderían una catedral a Bin Laden. Mejor no damos más ideas.