MATÍAS VALLÉS
Por extraño que parezca, hay miles de turistas que se gastan más de 500 euros diarios per cápita en Mallorca. A la mañana siguiente de la segunda tanda de atentados de ETA, su flujo –contratado con una creciente inmediatez– se ralentizó hasta el límite de la parálisis. Aunque ya estamos habituados, el sector hotelero ha vuelto a engañarnos, esta vez porque no era turísticamente correcto admitir las secuelas económicas del terror. Se embozó la realidad en una verdad a medias, no ha habido cancelaciones. En efecto, casi nadie anuló, pero el lujo se contrajo instantáneamente. Algunos cifran la derrota en un treinta por ciento, otros la elevan al cincuenta. Una novedad, ahora hemos de pagar también las facturas etarras.
A un mallorquín –si queda alguno por ahí–, la independencia de Euskadi le preocupa tanto como la emancipación de los uzbekos, por utilizar el euskera. Nos concentraremos por tanto en la realidad económica, que debe anteponerse a cualquier reflexión étnica. Mallorca aporta dinero al País Vasco para que sea más rico que Mallorca, como lo oyen. Entre los beneficiarios del expolio figuran los allegados de los etarras que actuaron en la isla, así como los dilectos que "condenan todas las violencias" pero admiten todos los dineros. También se incluye entre los agraciados a los miembros de la eufemística Casa Vasca, que han provocado estupefacción al no experimentar el mínimo contagio de la isla que habitan.
Este otoño, decenas de trabajadores del turismo de calidad perderán su empleo porque una pandilla de tarados bien alimentados tenía que dar sentido a su existencia ociosa colocando bombas. ETA confirma que la historia de Mallorca no consiste en ser atacada por los oprimidos, sino por los privilegiados de países muy independientes, que la destrozan con procedimientos cada vez más imaginativos. Las islas enseñan a olvidar para sobrevivir. Aunque sea por dinero, hay que despreocuparse momentáneamente de la supervivencia para recuperar la memoria. Me niego a condonar esa deuda.