MATÍAS VALLÉS
A través del móvil recibimos internet, los últimos rodajes porno, las incidencias meteorológicas, los goles del Madrid y alguna llamada. Se ha convertido en nuestro órgano más íntimo, aunque todavía con el engorro de que debemos arrastrar con él y perderlo, en lugar de incorporarlo literalmente a nuestra anatomía. En la mayoría de personas, preferiríamos conocer el contenido de su teléfono a los archivos de su cerebro, y estamos hablando sólo de los seres humanos que todavía no han descargado sus memes y mentes en el celular, una minoría en decidida regresión.
Hubo un tiempo en que aguardábamos a que el teléfono sonara para reaccionar, aunque nunca era Ella la voz que nos acogía al otro lado. Con el móvil actuamos como si estuviera permanentemente conectado, absorbiendo cada una de nuestras palabras con destino a una audiencia ignota. Ya nadie pregunta "¿no me estarás grabando?", sino "revisa la batería, no sea que te quedes sin pilas y pierdas algún matiz de la conversación". Así nos aproximamos a nuestra tesis de hoy que, como de costumbre, no tiene nada que ver con lo que llevamos escrito. Me cuesta dos párrafos centrarme.
En una ampliación insospechada de su rango de servicio, el telefonino monitoriza nuestro músculo cardiaco. Una revisión de la agenda equivale a un electrocardiograma móvil, se amontonan las sensaciones conforme desfilan los nombres capitales de nuestra vida con sus precisiones ridículas -casa, móvil-. Además, el test ejercita la memoria con más fuerza que un sudoku, para averiguar qué diferencia hay entre Isabel, Mabel y Luzbel, o para confirmar si LX es Antoinette -así codificada porque su marido se ausentaba los lunes y miércoles- y HD es Mariane, o viceversa. Percibes los vuelcos de tu corazón, y las palpitaciones se acompasan al desfile de los capítulos biográficos sintetizados en media docena de letras. Sobre todo, y en casos de duda, no intentes resolver ninguno de estos enigmas identitarios efectuando una llamada. Es el camino infalible hacia la autodestrucción.